Remi Álvarez: “La sociedad sería mil veces mejor con más arte”.
- David Cortés

- 4 ago
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David Cortés
Las cosas en este país no siempre fueron así. Para un nacido en el siglo XXI, resulta imposible imaginar que, en otros instantes de la historia de este México moderno, tuvieron que construirse las cosas de la nada.

Sí, incluso en las artes hubo una época en donde todo era magro, inexistente y había que edificarlo de cero. El jazz, no fue la excepción; el free jazz tampoco. Uno de los constructores, entre otros, de la actual escena del free jazz es el saxofonista Remi Álvarez, quien en ausencia de maestros y una escuela formal en donde aprender el lenguaje del jazz, aprendió, como muchos otros, de generosos congéneres dispuestos a compartir información y conocimientos.
Él cuenta que fue su cuñado, oriundo de Francia, quien al venir a vivir a México trajo su “enorme colección de discos”, entre los que se encontraban álbumes de Albert Ayler, Art Ensemble of Chicago y Sun Ra. Él también le comentó que “los músicos de free jazz escuchaban jazz tradicional”.
Esa colección de discos pasó a manos de Álvarez, pero antes él comenzó a comprar placas “por todos lados, de Charlie Parker, de todo lo tradicional, más aparte del free jazz que iba conociendo”.
Álvarez comenzó a estudiar flauta cuando tenía 14 años y en 1977 tuvo un encuentro fundamental para su vida futura. El saxofonista Henry West invitó a Don Cherry a México y el entonces incipiente flautista, se enteró de que habría un taller de música orgánica en el Teatro El Galeón y acudió con su instrumento.
“Pero ese día el taller -cuenta- no fue taller. Fue un concierto de un músico que era un maestro espiritual en todo el sentido de la palabra, con un nivel muy alto de elevación espiritual. Cherry estaba sentado, con su esposa [Moki] tocando la tampura, Robert Mann en batería, Ana Ruiz al piano y Henry en el saxofón. Saqué mi flauta y me puse a tocar. Nadie habló y Henry West me llamó y me fui al escenario, como si estuviera en casa. Me acomodó el micrófono, me solté tocando y ya no me bajaron, hasta que terminó el concierto. Esa situación, que le agradezco a Henry de por vida, me hizo conectarme con la espiritualidad de Don Cherry, musicalmente hablando. Esa experiencia musical, a mí me trascendió, fue la primera vez, a los 18 años, que volé musicalmente, simplemente flui. Para mí, Henry y Ana son los pioneros y allí fue donde mi cercanía con la improvisación tuvo una razón de ser”.

El ahora saxofonista intentó entrar a la Escuela Nacional de Música, pero no fue aceptado por no saber solfeo. Entró a la Escuela de la Sociedad de Autores y Compositores y allí permaneció un año. De allí pasó al Conservatorio Nacional a estudiar piano y flauta, todo orientado a lo clásico. “De jazz nada, no había quien te dijera nada de eso”.
Álvarez quería tocar el saxofón y hacer jazz. “Mis ídolos -dice- eran Sacbé, aunque no era exactamente lo que buscaba, pero tocaban a gran nivel”. Un día compró la revista Downbeat, especializada en jazz. En el interior se encontró con un directorio de las escuelas de música y vio que, en Nueva York, en la escuela de Karl Berger y Ornette Coleman, Don Cherry iba a impartir un curso. “Ya era un rebelde con causa, ya iba sobre el jazz y la improvisación. Escribí y fui. Las primeras cinco semanas fue música del mundo dirigido por Don Cherry y las otras cinco eran nuevos conceptos en composición con Roscoe Mitchell e invitados como George Lewis y Anthony Braxton. Allí empecé a componer, porque los viernes eran conciertos de estudiantes. Me quedé ocho meses, viendo conciertos en un loft en donde luego empecé a trabajar. Vendía cervezas y jugos en la entrada y cuando entraba la gente ya podía entrar yo. Me tocó ver a la banda original de Sun Ra un mes. Sun Ra manejaba todos los estilos y Marshall Allen tocaba el saxofón de una manera que no había visto nunca y yo ya quería ser un saxofonista y cuando lo vi dije WOW, sentí esa energía”.
A su regreso a México ya traía un saxofón “chafita” y empezó a suplir a Alejandro Campos [entonces saxofonista de Sacbé] en el grupo de Olivia Revueltas y finalmente allí permaneció cuando Campos ya no pudo seguir. Tres meses después, el espíritu aventurero de Álvarez lo llevó a San Cristóbal las Casas, Chiapas. Allí, al llegar a la Casa de la Cultura, se puso a tocar un piano que encontró y el director le ofreció dar clases. Un año después, su espíritu inquieto lo llevó a Cancún donde comenzó a trabajar primero en cantinas, para luego colocarse en el grupo de música versátil del Hotel Sheraton.

Cuando regresó a la Ciudad de México, entró a la Superior de Música. “Allí sí terminé mis estudios, ya como saxofonista, porque el maestro Téllez me ayudó a decidirme, me dijo que no se podía de todo y me orienté al sax y la flauta. Él fue el culpable de que dejara el piano porque yo siempre quise ser flautista y saxofonista”.
Antes de eso “no había nada”, los pocos maestros disponibles aprendieron en la práctica y no había método en la enseñanza. Fueron años de sufrimiento, “todo sin técnica, sin boquilla, sin que nadie te dijera nada; me tardé años, nadie me dijo de embocadura, ni me recomendó nada”.
Por aquel entonces, el Cuarteto Mexicano de Jazz, dirigido por Francisco Téllez, tocaba en el Nueva Orleans y él frecuentemente invitaba a Remi a acompañarlos. El saxofonista de base era Tobias Delius y cuando este regresó a Holanda, su país de origen, lo sustituyó Miguel Samperio. Al salir este, lo suplió Álvarez durante siete años: “Mi escuela fue esa”.
Al salir del Nueva Orleans, el saxofonista se trasladó a Francia con el baterista Armando Cruz y se asentó en la ciudad Luz año y medio. A su regreso, el maestro Téllez le ofreció dar clases de saxofón en la Superior de Música y “como padecí tanto la falta de un profesor que me ayudara, dije que trataría de hacerlo, de ayudar”. En la Superior de Música, otro de los profesores, el también saxofonista Guillermo Portillo, le comentó que en la Nacional de Música buscaban un profesor de saxofón.
Al entrar a la Facultad “me ofrecieron diez horas de Taller de Jazz y diez de clases de saxofón. El Taller de jazz no era exclusivo de alumnos de la Nacional, podías aceptar a alumnos externos. Fue un proceso muy interesante que pude hacer gracias al concepto que tengo que implica el jazz, pero también la música libre, la improvisación. Durante muchos años, cuando estuvieron Fernando Vigueras y muchos de ellos, nunca hubo batería, no había quien tocara piano de jazz, había timbales, guitarra, flautas, alientos, cuerdas. No podía montar nada que tuviera que ver con el jazz, teníamos que trabajar con la música libre, la improvisación. Yo era básicamente el coordinador y los músicos eran los que hacía que funcionara, era muy abierto a la experiencia. También implicaba escucha porque hasta la fecha soy un melómano y en esa época comprábamos compactos. Estaba suscrito a la revista Cadence [una publicación especializada en reseñar discos de jazz en todas sus vertientes], me suscribí. También vendían discos y una vez en el Taller nos organizamos y cada quien compró un disco diferente y luego nos los quemamos. Al final teníamos 20 cada uno”.

En esos años, Remi formó Cráneo de Jade, el cual nació como un taller en donde él, el contrabajista Aarón Cruz y el baterista Toni Gall, se reunían para tocar sus composiciones. El trío lanzó su primer disco de forma independiente, un álbum epónimo en 1997 y un año después apareció Papirolas (Jazzcat). El trío habría de cambiar de baterista y al entrar Hernán Hecht en sustitución de Gall, comenzaron a dejar de tocar las composiciones de Remi para concentrarse en la improvisación libre. El grupo entraría cerca de dos décadas en un periodo sabático. “Hernán y Aarón trabajaban mucho -dice- y con el tiempo necesitaba yo tener otros proyectos. Allí comenzó FAS Trío, David Sánchez me presentó a Jorge Fernández y así nació el trío con el que he grabado tres discos. Después conocí a Arturo Báez y me fascinó como músico; Tavo Nandayapa regresó de Holanda y otra vez hice un nuevo proyecto, pero tocando mis composiciones. Ensayábamos cada semana, igual que con Cráneo de Jade, pero ahora fue el Remi Álvarez Trío”.
Otro trío, este con el nombre de Antimateria, se formó de la unión del saxofonista con Gabriel Lauber (batería) e Itzam Cano (contrabajo). Como en el caso del Remi Álvarez Trío, tampoco existe grabación alguna de Antimateria. Con Itzam Cano, más Chacal del Tamborazo, grabó Porque todo es uno (Independiente, 2024).
Testigo de primera fila del devenir del free jazz y la improvisación libre en este país, preguntamos a Remi por qué la escena de la improvisación libre mexicana ha “adoptado” la escuela europea más que la americana. Su respuesta es iluminadora: “No es mi caso, no solo porque compongo, sino porque mi escuela es la negritud. Mis ídolos son los músicos negros, comenzando con Don Cherry que me dio la iniciación. Esta es una música negra y en Europa, los que empezaron a hacerla, dijeron que no eran negros, ni afroamericanos, así que decidieron quietarle el jazz para que fuera free music. La escuela europea es diferente y viene más del mundo académico, de la música clásica contemporánea, porque no utilizan ni el swing, ni el jazz, ni el blues. La característica del jazz y del free jazz es el swing y el ritmo, el blues. Oyes a John Coltrane y es el blues, oyes a Milford Graves y es África”.

Durante la charla, cuando el saxofonista se refiere a la improvisación, hace un gesto que interpreto como de desdén. Remi Álvarez no minimiza la improvisación libre, pero ese gesto me lleva a preguntarle si siente que a los improvisadores, no solo en México sino también en otras partes del mundo, les hace falta escuela. Su respuesta es categórica: “Definitivo, trato de verlo desde diferentes puntos. Uno es el músico que se dedica a la improvisación, pero no es un músico improvisado, sino uno que entrega su vida a la improvisación y a la. música y al entregar su vida entrega su tiempo y estudia y busca su lenguaje, su originalidad, alguien que quiere expresarse mediante el sonido. Su inspiración puede ser Sun Ra, Stockhausen o quien sea, no importa y se va a dar cuenta el que se dedica en cuerpo y alma, se va a dar cuenta el nivel que implica, los niveles que se han alcanzado internacionalmente. Y por otro lado está la necesidad de los personajes, como en México donde no hay escuela, no hay apoyo, pero te quieres expresar a través de los sonidos, de la electrónica y vas buscando y haciendo y quieres ser feliz, no quieres hacer discos, dar conciertos, pero a veces ni cobras y se va gestando un público para cierta música y entonces también tenemos la libertad de ser niños creadores, no profesionales, pero sí es importante en mi forma de pensar que a la juventud y a la infancia, cosa que no sucede, se le de arte. El arte te cambia, la sociedad sería mil veces mejor con más arte”.
Remi Álvarez ha grabado poco con sus agrupaciones, siendo las excepciones Cráneo de Jade y Fas Trío, pero han sido muchos los músicos que se formaron en su Taller de Jazz, músicos de los que es amigo. Sin embargo, él no ha dejado de aprender. “Nunca he dejado de ser estudiante” dice, pero además de preocuparse de su formación musical, también se ha dedicado a cultivar su vida espiritual. Cuenta: “Creo en el karma y en la continuidad de la conciencia, lo que siembras, vas a cosechar, pero no sólo en esta vida. Si siembras amor, vas a cosechar amor. En otra vida he de haber tenido un acercamiento muy fuerte a la música y a esa búsqueda espiritual que me llegó con Don Cherry. En su música él ya cantaba los mantras tibetanos de Gurú Rinpoche ,“Om mani pedme hung”, y Tara Verde “Om tare tu tare soha”, a él fue al primero que le escuché cantar eso. El Budismo lo conocí apenas hace trece años, antes de eso mi búsqueda espiritual todavía no se había concretado. Ha incidido en mi forma de ser, en el día a día. No tendría caso si no cambiara mi forma de ser. No hay yo y el otro, el yo no existe, es un compendio de muchas cosas. Si el yo no existe, ¿qué es lo que existe?: Existimos”.

Esta búsqueda espiritual emprendida por el músico, también lo ha llevado a explorar las sonoridades de otros instrumentos de aliento, como es el caso de la bansuri, flauta transversal originaria de la India, Pakistán y Bangladesh, construida, según se lee en Wikipedia, a “partir de una única pieza de bambú y… fundamental en la música clásica indostaní”.
Habla Álvarez: “La India ha sido una cultura que siempre me ha llamado mucho la atención y quería ir a estudiar allá. Nunca lo logré, pero sí iba a la embajada de la India a tomar clases de hindi y aprendí a leer el idioma. Las bansuris son un instrumento extremadamente difícil y cuando tuve oportunidad de hacer un peregrinaje a la India, llegué a Baranasi, que es la cuna de los músicos, y me compré cuatro o cinco bansuris, de diferente tamaño, pero eran tan difíciles que no lo conseguí, no me conecté. Hace como dos años fui a otro peregrinaje a Nepal y me llevé una pequeña, como un piccolo, y allí fue cuando me conecté, la entendí… la música hindú es imposible para un occidental que no se dedica y no es mi interés de ninguna manera tocar música hindú. Las utilizo como una flauta de bambú, nada más. En Occidente perdemos mucho la conexión espiritual que sí existe en otros lados, todo lo que tiene una conexión espiritual en la música me mueve mucho y estas flautas están hechas para tocar ragas y cada raga se toca a diferente hora del día. Requiere mucho estudio. Ahora tengo un proyecto con Gabriel Puentes en batería, Ismael Palomares en las tablas y yo en las bansuris y saxofones”.
Para finalizar esta charla, pregunto a Remi acerca del futuro del jazz en este país: “Tenemos que aceptar nuestra realidad como mexicanos, es inmensa musicalmente hablando. Hay un gran nivel musical en México, pero el jazz no es mexicano; nuestra música es muy establecida, es de fiesta. El jazz y el blues no nos pertenecen, no tenemos la cultura de la improvisación rítmica como los cubanos. Pero el jazz es internacional y México, desde hace mucho, ha utilizado el lenguaje del jazz, pero eso requiere escuela. Esa búsqueda de fusionar la música mexicana con el jazz es bienvenida, pero requiere escuela, un nivel altísimo de musicalidad. Seguimos luchando, seguimos optimistas, lo importante de esto es ir apreciando, cada quien, desde su trinchera, la necedad de los que queremos hacer algo dentro del jazz o de la impro” concluye.
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