Leika Mochán: “La voz me arraiga, me hace vibrar”
- David Cortés

- hace 2 días
- 10 min de lectura
David Cortés
Leika Mochán (CDMX, 1980), es una cantante imparable a quien le gusta generar constantes proyectos, algunos de ellos interdisciplinarios, como habremos de constatar a continuación. A veces parece esconderse, como si huyera de los reflectores; otras ocasiones gusta de estar al frente y si bien lo suyo está más relacionado con la canción, ocasionalmente puede vérsele-escucharle en ensambles de improvisación.

Simplemente es poliédrica por naturaleza y sin duda una vocalista sin contención, dispuesta a embarcarse en propuestas, curaduría, gestión. No importa la magnitud del proyecto, seguramente lo encarará con gusto y pasión.
De esa y otras cosas charlamos con ella.
¿Cómo se te ocurrió hacer música, cómo surgió esa decisión?
Fue algo intrínseco, dice mi mamá que cantaba antes de hablar, siempre me gustó mucho cantar y a los cinco años comencé a estudiar violín. Mis papás no son músicos profesionales, pero los dos tocan desde jóvenes, entonces siempre me apoyaron, aunque decidirme por la música fue hasta la prepa. La música siempre estuvo allí, componer mis canciones, aunque no sabía hacerlo bien, era mi manera de procesar las emociones fuertes de la vida, mi auto medicina emocional.
Como a los 12 años entré a un ensamble vocal y me di cuenta que eso era lo mío; eso fue en Cuernavaca porque viví allí en la infancia y la adolescencia. Me di cuenta que me gustaban las voces y la música popular que escuchaba de niña, me gustaban las segundas voces, inventarlas, cómo acompañar.
Tuve tres grandes maestras en la vida. La primera fue Chela Cervantes que me cambió el chip, ella fue la primera artista que conocí, la que vivía del arte, en el arte, una gran maestra del arte como camino de vida. Luego Isabel Tercero que estaba en Mitote, allá en Cuernavaca. En ese tiempo yo empecé a estudiar bel canto que es una muy buena base de la técnica, pero cuando conocí a Isabel me abrió otras posibilidades, sobre todo de cantos tradicionales que me interesaban mucho, el uso de la voz de manera popular, el canto búlgaro, el cante jondo, otro tipo de formas de usar la voz. Ella fue la que me empezó a compartir mucho de eso.
Mi tercer gran maestra y colega del alma es Iraida Noriega, antes de hacer mis canciones me la pasaba improvisando, pero no sabía que se llamaba así, ni que era algo válido en la vida, que se podía hacer y la primera vez que la vi cantar fue de wow. Con ella ha sido un camino muy largo de enseñanza mutua, en un principio me abrió el mundo muchísimo y después de eso seguimos colaborando cada tanto.
Cuando cumplí 19, me vine a vivir a la CDMX a estudiar música en la Escuela Superior de Música, no tanto pensando en ser jazzista, aunque sí me gusta mucho el jazz y sí, conocí música increíble allí. El maestro Téllez, como maestro y guía en la vida, me parece una persona increíble porque alcanza a ver más allá de las personas, él veía que cada uno tenía un camino diferente y era muy respetuoso con esos caminos.
Fueron siete años de aprendizaje de estas tres maestras que te marcaron…
También en esos años comencé a chambear en el arte y la música. El violín lo dejé como a los 12 y me gustó más cantar y comencé a trabajar en otros proyectos, grupos de juventud, cosas de danza. Mi primer trabajo fue haciendo luces; hacer la iluminación en espectáculos era muy bonito porque era la magia oculta, algo mágico y especial. Después entré a hacer música para espectáculos y me integré a Banderlux.
¿Cuál es la banda que marca el comienzo de tu trayectoria?
Mi primer banda en la vida fue la BandaOcote; la segunda Banderlux. Participé en su disco, aunque ya no era parte del grupo, pero la agrupación que me abrió el camino a la música vocal fue uno que, además, fue una conjunción mágica de tres personajas bien chavititas [Leika, Sandra Cuevas, Dora Juárez]: Muna Zul. Realmente fue un encuentro muy bonito. Nuestro primer disco lo grabamos con Tzadik (2003) y eso nos abrió muchas puertas. Aunque para mí la historia empezó antes, con ellas fue realizar lo que había intentado sin éxito y con Muna Zul pude decir ¡Misión cumplida! Y ahí seguimos.

¿Cómo fue que llegaron a Tzadik?
Eso se lo debemos en gran parte a Germán Bringas. Habíamos grabado un demo de tres o cuatro rolas y Germán nos decía que le lleváramos nuestra música a Zorn y nosotros de: “Claro que no le va a interesar”, pero le dimos una copia a Germán y de pronto nos llegó un correo que decía “Zorn loves Muna Zul, comuníquense conmigo”. Pensábamos que era una broma. Fue increíble, después sacamos Enviaje (El Convite / Dim, 2006).
¿En ese tiempo solo te dedicaste a Muna Zul o hacías coros para alguien más?
Me picaban las ganas de hacer otras cosas. Muna Zul era una prioridad, pero aparte tenía otros grupos, tenía ganas de bailar, me gustaba hacer música de fiesta, entonces surgieron Los Aguacates, también el Proyecto Geko que era más jazz-rock. Por ese tiempo empecé a hacer mi onda solista con los pedales, con los loops.
¿En que año murió Muna Zul?
No fue una ruptura contundente, cuando sacamos el segundo disco Sandra salió y entró Mariel, luego regresó Sandra. Hubo momentos de pausa, de descanso, de reencuentro y la última vez que volvimos a hacer algo juntas fue en 2018.
¿Había algún otro proyecto en el que estuvieras metida en ese momento?
Más o menos en esos años hice Frágil que era muy divertido: poesía, spoken word. Hice mi disco solista, Kaleidojismos y la Kaleidocleta, un proyecto callejero.
¿Cómo te acercaste a los loops, te los mostró Iraida o fuiste tú quien se los enseñó?
Yo, a mí me los enseñó el guitarrista Juanjo López que me prestó un looper y aluciné, flipé, porque en los grupos había que ir mucho a su velocidad y de pronto tener los loops fue una invitación a explorar y en ese tiempo estaba en la Superior de Música y los loops era un lugar donde podía probar todas las voces para mis arreglos. Fue una gran herramienta, pero al principio no pensaba usarlo como tal, pero se reveló útil para resolver desde lo vocal solita, sin necesitar más gente. A partir de eso comencé a hacer rolas hasta que me di cuenta que podía hacer un concierto yo sola y lo hice. Es algo que se ha mantenido como paralelo en mi música, siempre está esa herramienta allí, vuelvo a ella cada tanto, incluso me invitaron como headliner al Festival Internacional de Loops en Santa Cruz, California y me encanta, es muy divertido y es un reto porque se vuelve tan limitante que te obliga a buscar diferentes herramientas en la creatividad.
En este momento es cuando grabas tu primer disco, Kaleidojismos (2009).
Fue muy enriquecedor y me abrió la puerta para participar en otro tipo de cosas, convivir con poesía, danza. Toco un poquito de diversos instrumentos, pero no soy instrumentista y los loops te ayudan a convertir la voz en un instrumento armónico; siempre me ha apasionado la voz, pero no como instrumento melódico solista, siempre he sentido que soy como una bajista vocal, me gusta acompañar. Con los loops se puede explotar eso a la máxima potencia y está muy divertido.
Una vez Dora me prestó un pequeño amplificador y comencé a hacer la Kaleidocleta que ha rolado bien. La he podido hacer en Brasil, USA y en todas las delegaciones de la ciudad, porque es increíble eso de hacer los loops en la calle. Son conciertos individuales, sacar este arte que es muy diferente a lo que se consume, pero a la vez ser muy respetuosa con el gusto de la gente porque era ir en la calle y si a alguien le llamaba la atención, me le acercaba a esa persona, le cantaba una rola y luego les hacía una entrevista y loopeaba lo que me contestaban y luego les hacía una pequeña improvisación con lo que me decían.

¿Lo hacías por voluntad o tenías una beca?
En un principio por pura voluntad, como todo. Luego me invitaron a hacerlo en un festival de Querétaro, después tuve una beca de Teatros de la Ciudad y allí tuve la oportunidad de ir a todos lados, barrios, encuentros muy bonitos con niños, poetas. Quedó plasmado en videos, fue una experiencia increíble.
Luego de la Kaleidocleta, ¿qué otro proyecto generaste?
Hacer loops sola es muy padre, pero los diferentes conciertos en los que te confrontas te llevan a extrañar a otros músicos; si el público no te está poniendo atención es muy desolador y con otro músico sobrevives. Así que empecé a hacer conciertos con la onda de los loops, pero invitando a diferentes músicos, probé diferentes alineaciones instrumentales y a raíz de eso hice mi segundo disco, Trenzando (independiente, 2017), uno de mis favoritos porque allí participaron muchos músicos.
Luego, nuevamente como solista, hice Cantoras del ombligo de la luna (independiente, 2020). Me empezaron a pedir música mexicana para diferentes montajes y con eso decidí hacer un disco donde, yo con los loops, fuera la acompañante y las solistas cantoras que admiro. Trabajar con otras voces es esencial para mí.
Luego comencé a hacer otros sueños guajiros que tenía en la vida. A la par de lo musical, siempre he tenido estas inquietudes interdisciplinarias y desde que estaba estudiando en la Superior de Música hice una cosa que se llamó Spasiva. Quería hacer un concierto en donde el público pudiera hacer lo que quisiera… y fue un desastre, pero ese tipo de cosas siempre he tenido el gusto y las ganas de hacerlo.
En 2021 tuve la fortuna de recibir el apoyo del Sistema Nacional de Creadores y con ello pude hacer tres proyectos que tenía guardados en el baúl de las intenciones desde el principio de mi carrera. El proyecto se llamó Pájaros de Cuarentena y consistió en tres conciertos diferentes. El primero fue “Inspiración y Exhalación”, éramos 12 intérpretes y estaba inspirado en el canto de las aves y cómo cambia en el transcurso de un año. Era envolvente, con algunos tintes sensoriales, porque siempre me ha interesado la parte sensorial del cuerpo.
El segundo año hice “Profundidad”, cuadrafónico, a partir de live looping y grabaciones que hice de pájaros durante un año, medio impro, cosas escritas, envolvente y cada persona está en un petate y todo está a oscuras y tienen cosas para oler, comer, tocar.
El tercero fue “El vuelo” que es este happening que había hecho a principios de los dos miles. En él, como público, a fuerza tenías que participar, representábamos las cuatro estaciones del año y en cada una de ellas el público tenía que participar. Fue el reto de hacer libertad y contención a la vez, porque cuando lo hice y fue solo libertad, sí sentí que se desbocó y llegó un punto en donde la libertad de uno, puede pasar por la creatividad del otro. Fue una experiencia muy especial.

A esos proyectos te has enfocado primordialmente, pero no has dejado de presentarte en vivo y el año pasado estuviste en Venas Rotas con Iraida Noriega en un set de improvisación. Tú no te mueves mucho en esa escena, ¿qué te llevó a hacer ese proyecto?
Fue a invitación de Marco Albert, soy fan de varios de los improvisadores. Siento que estoy en todo y nada a la vez y que no pertenezco a ninguna escena, a veces creo que lo que hago es demasiado pop para ser free, a veces que es demasiado experimental para ser pop, queda en un lugar en medio de todo y con los años he aprendido a aceptar el lugar al que pertenezco.
Lo tuyo es más estructurado, sí te permites experimentar, sin llegar a la abstracción.
No siento que sea mi fuerte, no es el lugar donde me siento mejor; mi lugar es en los ensambles vocales. Dirijo Aliento y Latido, que es mi propio coro y trabajo con Las Billies [integrado, además de Mochán, por Claudia Arellano Larragoiti, Jenny Beaujean, Ingrid Beaujean y Luz Varela].
También eres integrante del Coro Acardenchado.
Soy su Directora Adjunta. Desde que empezó, Juan Pablo [Villa] me pidió que le mandara alumnas y entré porque te digo que me encantan los ensambles vocales y poco a poco me fui integrado más a la dirección, a trabajar lo escénico, introducir la percusión corporal al coro, más movimiento y hacer arreglos vocales. Aliento y Latido es un ensamble de ocho mujeres en donde hacemos música de cantautoras y compositoras actuales y Las Billies es un quinteto de música mexicana. Mantengo los proyectos de Live Looping, el dueto con Tavo [Nandayapa], con Iraida el de Cancionsitas y con mi trío [Leika Mochán Trío] que constantemente ha estado allí y donde trato que haya bajo y un metal; ha variado con quienes los he hecho, el último que hice fue un dueto con Misha Marks.

Tú e Iraida comparten gusto por la música mexicana y yo no le puedo entrar. Convénceme, qué hay en ella, me recuerda algo con lo que no tengo nada que ver.
He de confesarte algo, me siento muy blanca y me pasa con todas las músicas tradicionales que siento que no las puedo portar porque sería apropiación cultural, por eso me gusta ser parte del Coro Acardenchado. Siempre me ha fascinado el tema del ensamble vocal y el trabajo de diferentes emisiones que no sean esta emisión vocal clásica; por eso me apasiona el canto búlgaro. Encontrar el canto cardenche fue wow. Es algo puramente vocal que te genera algo y siento pasa con las voces cuando no hay esta afinación 4.40. Es esta posibilidad de que se mueva el sonido, se generan cosas en las fibras del cuerpo que se sienten diferente.
Por ejemplo, Mamasónica fue otro ensamble que duró varios años y en donde tratábamos música de raíz, africana, cubana, hay algo en esos cantos que es muy conmovedor y por algo han durado tanto tiempo. A mí sí me conmueve la música tradicional de muchos lugares, me vibra y quiero aprender. Siempre me pregunto de qué manera acercarme a esas músicas y ser respetuosa a la vez. Mi acercamiento a esa música es hacer una interpretación con lo que trae mi sangre, mi realidad y mi día a día.
He escuchado cosas de otras zonas, por ejemplo la música de los pigmeos de África Central siempre me ha parecido increíble [y aquí, Leika canta unos segundos algo de esa región y, como diría ella, lo hace sonar increíble] y es ese tipo de cosas vocales que me gusta estudiar, el uso de la voz en esas tradiciones; es otra forma de usar la voz, pero desde la tradición. Siempre hay una cosa muy sanadora de la música vocal y de sentarte a cantar con alguien más.
Claro, en tu formación vocal hay más de lo que sale a la superficie.
Por eso menciono a mis tres mentoras en la vida. Hay muchos maestros en la vida y las músicas tradicionales vocales para mí siempre lo han sido.
Se dice que la voz es el instrumento perfecto…
Todos la tenemos, es fácil relacionarse porque es algo que escuchas y viene de ti. La voz siempre ha sido una cosa que me arraiga, me hace vibrar. Me gusta mucho escuchar voces, incluso en la calle, los diferentes timbres de voces son como huellas digitales. Es muy transparente la voz.


Comentarios