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ISO 28 (ISO Series, 2026)

David Cortés

 


ISO es un ciclo de conciertos organizado por Gudinni Cortina que inició el 26 de noviembre de 2016 como una plataforma de residencias artísticas para fomentar la colaboración entre artistas extranjeros y locales, creando un espacio de convivencia e intercambio creativo fuera de los circuitos convencionales.

El nombre del ciclo hace referencia a lo aislado (isolated) del lugar donde comenzó el ciclo: la Hacienda de Santa Bárbara, en Tlaxcala. ISO también alude a la sensibilidad de la película -Cortina también es fotógrafo-; es un número que determina qué tan sensible es el material a la luz. Además, son tres letras “simples, potentes, universales. Es un nombre que sintetiza equilibrio, conexión y ese instante único: una fotografía”.

Una gran cantidad de sesiones se han realizado en ISO y el 13 de julio, en punto de las diez de la noche, se abrió el bandcamp que aglutinará la mayoría de ellas (ISO Series). La primera en aparecer fue la marcada con el número 28, la cual consta de tres sets.

El primero está a cargo de Rhys Trimble en electrónica y voz. El primer minuto, el poeta nacido en Zambia y radicado en Gales, crea una alfombra electrónica y después despabila a la audiencia con un grito. Comienzan así una serie de aullidos, poesía, spoken word, mientras en el fondo él manipula sus electrónicos. En este momento la interacción entre lo orgánico y lo inorgánico se ha gestado rápidamente; a veces lidia con los sonidos que él mismo crea y su voz dispara palabras a un ritmo vertiginoso, pero también genera con ella matices, hace rapidísimas pausas, la convierte en otro instrumento, repite palabras, construye en esa repetición fugaces loops, acentúa las palabras para darle mayor énfasis por momentos, echa mano de un micrófono, ríe y esa risa se convierte en parte del performance.

En ocasiones parece cantar, otras, lo hace, sin importarle afinación o modulación. Lo que hace Rhys -poeta visual, profesor, musico, improvisador- es echar mano de múltiples recursos para alcanzar o inducir a un estado tribal, primigenio. Corta de improviso, cambia el efecto y lo usa como un loop sobre el cual comienza a farfullar y otra vez aquí habría que recurrir a lo imposible, preguntarle a la imaginación, tratar de visualizar qué movimientos hacía, los cuales, sin duda, eran parte importante de la improvisación y del performance.

En el segundo set encontramos a Amanda Irarrázabal y Marco Albert quienes no coinciden por primera vez. Ella (contrabajo) y él (voz) lo hicieron antes en el disco og y seguramente lo harán en el futuro, pero aquí, como en otros momentos, la sesión se torna única.

Ella crea sonidos graves, toca con el arco, pulsa las cuerdas y él, con la voz, crea una narrativa en donde aparecen “personajes” a los que su voz da vida. Ora opta por un sonido agudo que se convierte en alarido y termina por ahogarse. Camina, aprovecha el silencio para imprimir un poco más de dramatismo mientras ella se enzarza con su contrabajo para extraerle diferentes sonidos que le permiten a él hacer una especie de danza. Otra vez, como en el caso de Rhys Trimble, aquí es importante, a lo que sale de las bocinas, ponerle imágenes. Es como teatro, ella crea el fondo, él actúa, gesticula, impreca, azota, golpea, se desplaza; ella acompaña el movimiento, en otras ocasiones lo interroga o cuando hace silencio, lo desaprueba. Las risas de los asistentes hablan de cómo Albert en estos momentos se ha convertido en un performer -que de hecho lo es- en donde la música subraya su accionar.

La dupla se desdobla, deja la “obra de teatro” por instantes, aunque cada cambio de voz de Albert de inmediato sugiere un nuevo personaje. El cierre hace a un lado la teatralidad para ceñirse a la música, aunque ¿cuándo la música en vivo abandona la teatralidad?, ¿esa teatralidad le resta méritos a la música, la enriquece, hace de ella algo más que música?

Lorena Izquierdo (voz, acción) es poeta y vocalista oriunda de Valencia, España. En el tercer set de esta sesión, ella y Misha Marks (latarra, tuba), cierran la noche y dado el carácter más performático del corte anterior, aquí optan por el diálogo. Izquierdo profiere un grito, lo extiende hasta lo inimaginable, a veces ese grito ahogado semeja el sonido de un saxofón; Marks hace pequeñas acometidas con la tuba y ella profiere algunas palabras, pero aquí el ejercicio está más cercano a la improvisación libre. Si ella se mueve, la grabación no permite advertir esta movilidad y los silencios los usa Marks para hacerse más presente con su instrumento y escalar, escalar conjuntamente para crear cacofonías momentáneas y luego descender para trazar bocetos que permitan crear un “cuadro” nuevo.

Hay poesía y mientras la voz de Izquierdo juega con las palabras y lo proferido por su garganta, Marks hace sonar su latarra como si las cuerdas temblaran y el feedback lo convierte en un elemento que imprime color a la declamación de Izquierdo. El set peca de extensión y los silencios, cuando aparecen, apenas rotos por el “trinar” de un ave, son insuficientes para mantener el interés, y confirman que el experimento no siempre logra llegar a buen puerto.

La puesta en circulación de estas sesiones, pone en la mesa de discusión la pertinencia de “guardar” en cinta o digitalmente, una experiencia sonora cuya naturaleza está pensada para el momento y nace justo en ese instante, sin acuerdos ni ensayos previos.

Su registro es limitado porque no capta la gestualidad, narrativa y dramatismo de sus hacedores, pero incluso aunque se le grabara en video, tendría las limitaciones del formato.

Sin embargo, como documento, ISO Series es un acierto, aunque ninguna grabación logrará captar la experiencia que representa escuchar y atestiguar experiencias de esta índole. En ese sentido, el registro auditivo funciona como documento, posee una importancia vital porque se ajusta al objetivo del ciclo de conciertos: Fungir como una fotografía, registrar el momento.

Tal vez, en el futuro no se le consulte con asiduidad, pero ya existe un “banco de información”, el cual automáticamente se convierte en memoria y cuando alguien se pregunte qué sucedía en la música y en otros territorios experimentales en el México del siglo XXI, allí tendrán una respuesta.

Ese es el principal valor de ISO Series: ser memoria sonora en un país donde poseerla, llamarla, parece un pecado.

 

 

 

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