top of page

Alonso Arreola: “Creo en el poder de los límites”

hace 10 minutos
15 min de lectura

 

David Cortés

 

 

Alonso Arreola es un músico que no necesita formar parte de un grupo para dejar sentir su presencia en la música. Tampoco se le encuentra seguido sobre un escenario y es más frecuente hallarlo detrás de lo que resplandece, en las sombras, observando aquello preparado con antelación y que ahora otros disfrutan.




Formó parte de La Barranca en la que muchos, incluido quien esto escribe, consideran su mejor formación y en solitario, su trayectoria, que comienza con Laba: Música horizontal, también incluye, entre otras producciones, Música para ser niño, La trilogía Cruento (Los contagios de Cruento, las transfusiones de Cruento y Los restos de Cruento), Las horas perdidas, con Mardonio Carballo, Las partículas horizontales, con Michel Houellebecq y 3 Below, Live in Mérida (Independiente 2024).

Son discos en donde han colaborado músicos como Dan Zlotnik, Alex Otaola, Gerry Rosado, Trey Gunn, Michael Manring, Pat Mastelotto, Mike Garson, Alfonso André, Lo Blondo (Denise Gutiérrez), Chema Arreola y que, en su mayoría, han sido producciones autogestivas, financiadas por amigos o diferentes patrocinadores y que se han distribuido, con excepciones, de forma gratuita. Se escucha suicida y lo es, pero esa forma de trabajo le ha permitido a su autor desplazar un mayor número de copias que si lo hubiera hecho bajo la tutela de una gran discográfica. Además de sus propios discos, ha producido a Torreblanca, Jaime López, Monocordio, Susana San José, 3 Below y actualmente trabaja con Troker en la producción de su próximo álbum.

 

La historia de Alonso con el bajo, de su relación con el instrumento, proviene “de una cosa muy superficial, pero muy real y tangible: la envidia, una envidia de hermanos”.

Alonso confiesa que a temprana edad ya era un melómano más o menos serio, pero a los 13 años aún no se había planteado tocar nada, “de hecho odiaba las clases de música”.

La historia la desmenuza así: “Vivíamos enfrente del Parque España y en ese momento compartía habitación con mi hermano [Chema Arreola]. De pronto, un día, él dijo que iba a tomar clases de batería. En ese entonces nos llevábamos, pero no tan bien, y antes de tomarlas ya estaba chingue y chingue por toda la casa, con un par de agujas de tejer de mi mamá. Era una pesadilla. Finalmente se mete a clases de batería y empieza a insistirme que lo fuera a ver y lo mandaba a la mierda, pero un día me animo, lo veo tocando y me impresionó de una manera que no tienes una idea. Era un ritmo básico, horrible y dije que eso estaba muy cabrón y me dije que no podía quedarme atrás de eso”.




Chema siguió con sus clases y un día comentó que había conocido a un “tío” (Guillermo Ríos) que tocaba todos los instrumentos y formaría una banda con él y que el siguiente fin de semana -ya estábamos instalados en otra casa-, llevaría un bajo, una guitarra y una batería.

“Llega el tal Memo -cuenta Alonso- con un amplificador hecho mierda, una bataca más mierda todavía, un bajo rosa Yamaha horrible y se ponen a tocar en la azotea y yo abajo pensando que me estaba perdiendo de algo muy cabrón (RISAS). A ratos subía a verlos como si no me importara el tema y Memo, que era más grande que nosotros, siempre decía que el bajista iba a llegar pronto, pero nunca llegó y un día me dijo ‘Échanos la mano con esto, yo te enseño’. No, pues valió madre, nunca he sentido, con nada en mi vida, una conexión así, absoluta, pero me sentí tan estúpido con la motricidad fina que fue como un reto y entonces me obsesioné de una manera total. Ocurrieron dos cosas, empecé a

hacer funcionar el instrumento muy rápido y comenzamos a tocar algunos covers, pero lo loco y lo bonito del tema, es que de inmediato nos montamos en la idea de que teníamos que hacer música original. A las tres semanas ya éramos un trío que se llamaba Ánimas Anónimas. Años después me di cuenta de que el hecho de haber comenzado de inmediato dándole a la creatividad, era muy importante, cosa que no era muy rara porque así habíamos crecido. Ya no hubo manera de desconectarme y sigo aprendiendo del que fui”.

En esa azotea él y su hermano se convirtieron verdaderamente en músicos, “entramos en un estado de obsesión absoluta”.

Alonso Arreola es un bajista de bajistas y en esta charla, aprovecho que tenemos más de un cuarto de siglo de conocernos, para indagar acerca de esa relación con el bajo, un instrumento que, cuando lo toca, parece estar enamorado de él: “Yo les comento aquí, a mis alumnas y alumnos, que hay una zona de la interpretación que yo llamo erótica, masturbatoria, así que tiene mucho sentido lo que dices, porque más allá del objetivo que quieres conseguir, sea hacer una canción o grabar un disco, hay en el acto de tocar y eso lo entienden muy bien los jazzistas, los improvisadores, un desfogue que es absolutamente corporal. Por eso nunca me gustó la guitarra, porque exige una delicadeza, por la propia naturaleza del mueble, que con el bajo no es necesaria. El bajo te permite una relación de sutileza, pero también de rudeza, puede ser muy armónica, muy percusiva, todos los instrumentos pueden proveer eso, pero a mí lo que más me interesó del bajo fue su capacidad para de pronto ser muy primitivo en tus manos y claro, abrir las puertas a una sofisticación si te interesa. Me hiciste recordar algo que hace mucho no pensaba y es que, en mi quinteto con Gerry, Zlotnik, Otaola y mi hermano, me acuerdo que había momentos en los que le daba besos al bajo”.

Te lo digo porque cuando volteas hacia las cuerdas, no es porque tengas que ver la pisada…

No casi no

Tu mirada es otra, no sé si estás viendo algo o imaginando algo concreto…

Eso es interesante, porque efectivamente esa es una cosa que trabajé mucho, pero no para fines superficiales, sino muy profundos y es algo que aquí trabajo todo el tiempo. Para mí es fundamental que la mirada no esté anclada en el instrumento, porque los ojos son dictadores, de hecho, nos hace mucho daño a la técnica instrumental, no sabemos retirarlos. Pero lo más importante es lo que dices, que cuando tú puedes retirar la mirada del instrumento ocurren otras cosas, porque el espacio forma parte de la ejecución. Incluso me gusta ir más lejos, porque me hago historias con lo que observo, me gusta mucho ver a la gente a la cara y además sentir y tener una mirada con los músicos. Hay que saber liberar la mirada, porque esa es la tercera vía a la que te referías, está el mundo concreto alrededor, están los músicos sobre el escenario, pero está esa otra cosa. A veces no entendemos, pero la mirada abierta y en un sentido, está recordando, creando e imaginando. La mirada no siempre está en el mundo concreto, también está en el pasado, en la imaginación y en la creación del momento.




Hay varias cosas que influyen en tu música, pero me gustaría… el ajedrez ha estado desde temprano, pero en qué momento empezaste a juntarlo con la música. No me refiero a un asunto de competencia, me refiero a una cuestión imaginativa.

Hay una cosa muy importante, me choca competir, soy mal competidor, me molesta perder. La idea de la competencia me jode bastante.

Yo pensaría que no….

Eso cree toda la gente, pero me caga. Sabes, muchas veces este input napoleónico que puedo tener en realidad proviene de la inseguridad, más de ciertos miedos y cosas que de una postura arrogante. He reflexionado en ello con el paso del tiempo, porque de pronto cuando maduras y te sientes bien con ciertas cosas que has hecho, pareciera que la realidad te valida y podría ser más arrogante, pero no. Hoy puedo decirte que mucho de lo que he hecho proviene de inseguridades, de miedo a defraudarme y a defraudar a otros. Te lo cuento porque en el caso del ajedrez, mi abuelo me enseña a jugar, pero para ser su sparring y para analizar partidas. Esa es una pasión que adquirí gracias a él, porque nos sentábamos en su biblioteca con el ajedrez y el tipo me iba dictando una partida famosa y cuando llegábamos a una posición, me decía qué ves, qué está pasando. Era muy apasionante, porque aquí hay algo importante, yo me fui dando cuenta con el paso del tiempo de que mi manera de ser es muy profunda con la música, la literatura, o los espectáculos escénicos. Si me descubro en las madrugadas viendo a relojeros arreglar piezas antiguas o recuerdo a mis tíos arreglando autos o motocicletas en Jalisco, me doy cuenta de que yo soy ese güey, uno al que le importan los mecanismos, los engranajes, las piezas. El ajedrez me da eso. La música que hago es profundamente en ese sentido, por eso mi predilección por el mundo progresivo, sé que proviene todo del mismo universo.

En la pandemia, cuando las plataformas despegan, me reencuentro profundamente con el ajedrez, pero solo jugando contra robots, no juego contra personas, a menos que les enseñe algo. Yo me pongo a jugar y todo se calma, se ordena y se centra en algo, me da una tranquilidad, incluso en episodios de ansiedad lo primero que hago es jugar y eso me ayuda, entonces en los últimos años, mi pasión por el juego volvió a crecer e inevitablemente nace esta idea de querer hacer algo con música y ajedrez.

Como educador, ¿les transmites algo a tus alumnos del ajedrez, de la literatura?

Todo el tiempo. De literatura mucho, por dos razones. La primera, por una cuestión relacionada con la hechura de canciones, tallereamos canciones, letras. Incluso con algunos hemos tallereado cuento y novela; y por el otro lado, el segundo recurso que me gusta mucho usar es la lectura en voz alta, junto con improvisación literaria. Cuando uno toca un instrumento está leyendo un texto propio o ajeno, diseñado o improvisado.




Discográficamente, ¿desde Laba has aplicado esos recursos o cómo ves tu evolución discográfica?

Desde el principio. Hay una pieza que se llama “La barba del loco” v que tiene que ver con mi relación tan rara que tuve con Cuba hace mil años. La composición es una especie de tributo a la isla y luego enloquece y recuerdo que puse a un par de amigos en los antiguos estudios de Intolerancia, abrimos los micrófonos y les decía patea eso, estréllate, rueda, tiren, rompan y todo eso quedó grabado en la zona media de la canción. Allí hay muchos experimentos con muchos objetos cotidianos, arte aleatorio, arte sonoro.

Para mí es muy importante que convivan los juegos con la improvisación, con un diseño profundo. Ese triángulo es lo que a mí más me interesa, tiene que estar la parte lúdica y convivir con la relojería, la parte mecánica. Desde el primer disco he echado desmadre con lo que te puedas imaginar.

Se trata de un desmadre controlado.

Exacto, creo en el poder de los límites, nunca es a lo pendejo. A veces creemos que la libertad produce arte enfocado o muy fértil y muchas veces es lo contrario. La música es como plastilina, siempre les digo a mis alumnos: relájate, si no te gusta lo cambias, pero comprométete, que la libertad de cambiar, la posibilidad de modificar, no te destruya el castillo de arena todo el tiempo.

Porque en la búsqueda creativa también hay límites.

Claro. Siempre cito a Michael Ende. Hay un libro de cuentos de él que se llama La prisión de la libertad y son cuentos donde exhibe cómo de pronto en situaciones muy específicas, la supuesta libertad te tiene paralizado. Hay tanta información en la actualidad que a veces no se sabe qué hacer con ella. A veces para poder navegar en esa libertad, creo que necesitas, justo, un mejor conocimiento de ti mismo.

En tus discos hay varias etapas. Después de Laba, viene la trilogía de Cruento y esa es una primera; después llega Suspendido y Música para niño.

El disco de Música para ser niño es muy interesante porque mucha gente me escribe o me dice que les gusta mucho. Entiendo por qué, es un disco lindo, aunque tiene otra vez esas tesis obsesivas, pero lo hice después de hacer muchas lecturas del cerebro de los bebés y todo fue a raíz de una provocación de un amigo mío que es empresario y tiene que ver con el mundo de los bebés. Me dijo que no me atrevería a hacer un disco para bebés y yo venía pensando en todo lo que había pasado con esta música de arreglos para bebés y le pedí a Yamil Rezc que me ayudara. Ese disco se compuso todo en una guitarra de Paracho, lo grabé y para mí respondía a las características de los bebés en una etapa específica, qué son capaces de percibir, qué no. Por eso es un disco de piezas giratorias, algunas bastante complejas, pero que buscan un sonido bastante asequible desde lo acústico. También está relacionado con el hecho de haber decidido junto con Marion [su esposa] el no tener hijos.

Es curioso porque decidí hacer una especie de estampa de una casa nuestra, en un universo paralelo, en donde somos papás y ella está sola, en un domingo, con un bebé y me imaginé el departamento, sé que afuera está el Parque México, me imaginé los muebles, hay un perro. Hay una pieza para pelota de ping pong y cello, grabé a niños hijos de amigos.

Cada disco tiene estos límites de los que hablamos en donde me imagino toda una historia, una narrativa y eso es lo que me permite crear una contención.




Me queda claro que detrás de cada disco hay una unidad y puede existir un concepto, pero a la hora de que los juntas, tu obra no es fácilmente reductible, no podemos tener una idea concreta de quién es Alonso Arreola. ¿Eso te preocupa?

Sí, tienes razón, pero no me preocupa en lo más mínimo porque sé que así soy, simplemente respondo al que voy siendo en cada momento, entonces tienes toda la razón, es algo muy disforme, me di cuenta además de que somos quienes somos antes de lo que somos. Yo no soy músico, intento ser artista y antes de eso, en realidad sé que soy un tipo como el que te dije, lleno de obsesiones, preocupaciones que, entonces me invaden tanto, para bien o para mal, que tengo que hacerme cargo de ello haciéndome preguntas, intentando contestarlas a partir de la música, de un proyecto escénico o algo así. Eso causa un impacto en la obra que sale; la unidad que tiene, que yo creo que sí la tiene, está muy atrás, muy escondida. Por eso el resultado es muy disforme, pero no me preocupa porque yo di por perdida la batalla hace tanto tiempo.

¿Te refieres a la industria?

Claro, me vale madre, si pudiera regalaba todo como mis primeros discos. Al final he desplazado cerca de 50 mil unidades de mis discos.

Más que si los hubieras puesto a la venta…

A mí me tocó la cola de la industria como la conocíamos y no quiero que mis extravagancias, de por sí difíciles, se topen con los problemas de la industria. Y fue la mejor decisión, porque todo lo que me ocurrió después fue por ello, terminé tocando no sé en cuántos países, situaciones o festivales, en los que jamás hubiera estado con la Barranca u otros proyectos.

Estéticamente sí, voy respondiendo a situaciones muy concretas. Por ejemplo, la trilogía de Cruento me vino después de haber pasado por unas situaciones muy cabronas que tienen que ver con mi hipocondría, mis ideas obsesivas con respecto a las enfermedades y sobre todo con un padecimiento muy grave que tuvo Marion que involucraba muchísima sangre. Había que cambiar de lugar eso y la manera de hacerlo es a través de la música. Iba a ser un disco completo, pero se me hizo muy pesado y lo dividí en tres, uno está dedicado a esta idea de las transfusiones musicales entre uno y otros músicos, por eso cada pieza está dedicada a un miembro de mi banda; el segundo tiene que ver con la fiebre aviar y la idea es cómo nos contagiamos de ideas estéticas, geográficas o culturales; y el tercero que es el de los restos. Iba a super producirlo y me entró la pesadumbre por toda la violencia que había en ese momento y dije “Claro, a Cruento lo matan y no puede terminar el disco. ¿Qué haría, encargaría que alguien lo terminara?”, entonces me fui a hablar con los piratas del centro, les dije que necesitaba que me piratearan mi propio disco, con sus bolsas y con este arte. Lo hicieron, me lo dieron y le dije a Gerry: “Lo vas a tener que mezclar en mi computadora de mierda, así va a tener que ser y además en mi lugar”. Se grabó en condiciones de maqueta total y Gerry lo mezcló como se pudo y ese está dedicado a la violencia.




Entiendo que seas tan obsesivo, perfeccionista, meticuloso con tus producciones, pero que sucede cuando estás en otros proyectos como 3 Below, por ejemplo, en donde la lucha de egos es muy fuerte.

Es interesantísimo. Yo crecí con una idea de que tú podías plantarte con seguridad en ciertas ocasiones sin ser soberbio y sin que se generara un problema y desde el principio, cuando me relacioné con músicos en mis primeras bandas a los 16 años, había está claridad para comunicarse. Ya éramos amigos Trey Gunn, Michael Manring y yo, pero a mí nunca me ganó la prisa de hacer algo juntos y terminé haciéndolo 10-12 años después de conocernos.

Fui aprendiendo, me fui templando, por un lado, con esta claridad de darle libertad a los demás para que hagan cosas.

¿Cómo juegas con la producción?, tengo la idea de que eres un productor de mano dura.

Sí, bastante, por eso es que casi no produzco. Lo que más me importa es la composición y la preproducción; lo que me mata es resolver en el estudio desde cero. Y son pocas las personas con las que puedo hacer eso. Creo mucho en esa preproducción, pero lleva tiempo. Producir a otros no me encanta, pero soy muy bueno potenciando ideas ajenas y por eso muchos me han invitado a proyectos. Me gusta hacer ese trabajo, meter mano a las ideas de los demás. Esa relojería, no solo con lo mío, sino con lo de otros, se me hace muy padre. Es un reto, me gusta, pero a cuentagotas.

Pero ahora tienes varios proyectos que vas a producir.

Este año que es de celebración por el bicentenario de las relaciones Francia-México, Michel Houellebecq y yo conversamos acerca de la posibilidad de juntarnos y hacer algo. Nos comunicamos poco y anduve peregrinando en diferentes instancias para traerlo. Lo que ocurrió y me fui enterando tras bambalinas… había gente entusiasmada con esta posibilidad, pero la decisión final tenía mucho que ver con el miedo y la mala interpretación de Michel en varias cabezas. Lo siguen viendo como un tipo problemático, misógino, de derechas y claro eso es porque no lo han leído o lo han leído mal y eso es muy decepcionante, porque él tenía toda la voluntad de venir y nadie se atrevía a decirme las razones y eso finalmente se va mandar para el año que entra. Creo que encontré la solución para producirlo al margen de las instituciones.

Esto es algo más relacionado con tu trabajo periodístico…

Si pienso en mi perfil completo, solo te diría que el seguir con un dedo metido en el periodismo a través de la columna [en La Jornada Semanal], sigue siendo importante en mi vida, para obligarme a pensar un poco distinto y compartir cosas de otro lado y que el mundo pedagógico se convirtió en un eje de mi vida porque sí creo, y no es romanticismo, que la única manera de transformar una realidad a largo plazo, como sociedad, tiene que ver con la educación.




¿Qué hay de la inteligencia artificial? Es algo que también ha llamado mucho tu atención en los últimos años

Uso la IA todo el tiempo, me parece que es algo portentoso. Estamos viviendo un momento verdaderamente de ciencia ficción, pero a la vez tengo un uso un poco suicida de la herramienta, porque no tengo hijos. Y sé que esto va a causar muchísima destrucción, una vez más las posibilidades de las herramientas son unas, pero el uso que les damos son otros y esto es una cosa que me parece fascinante abordar, entender, pero veo el daño tan grande que ha empezado a causar en el empleo de la gente, en su mente, en la sustitución de la gente, en fin, en un mal uso y sobre todo a través de los grandes oligarcas y gobiernos que por todos lados siguen siendo muy malas personas en un porcentaje muy elevado.

¿Te imaginabas, hace 30 años, que el mundo iba a estar así o tenías otras esperanzas?

Nunca he tenido esperanzas de nada, suelo ser bastante pesimista y siempre me preparo para lo peor, y eso me ayuda en mi creación de proyectos. Me gusta fantasear, pero nunca dejo que eso me saque del presente. Me ha ido sorprendiendo la tecnología, pero entristeciendo la educación. Llevo 20 años dando clases diariamente a personas que van de los 20 a los 60, músicos profesionales o melómanos de gran compromiso o músicos amateurs, desde luego, pero gente que está dispuesta a invertir tiempo, recursos y ánimo en el aprendizaje de un instrumento que además les permita conocerse a sí mismos desde otro lado, que permite llevar técnicas y reflexiones a otros ámbitos de la vida: laborales, familiares, personales, etcétera. A lo largo de todo ese tiempo he visto y confirmado muchas de las enormes carencias de nuestro sistema educativo, sea público o privado,  cosas que yo mismo sufrí y que tiene que ver con la falta de integración de las materias del conocimiento, de las disciplinas, con la falta de seguimiento de cierta información que podría irse transformando, pero que se ve interrumpida todo el tiempo y, desde luego, lo más dañino, que es el aprendizaje a través de la memorización y no de la reflexión, de la deducción, de la comparación, de la inferencia.  Lo comento porque uno busca incidir y reflexionar al respecto, pero la vida diaria de la gente pesa mucho más, pero espero que volverá la gente a tener una necesidad apremiante de esto que es conversar con un café en la mano y dejar las pantallas. Vivimos en un momento en donde la incomodidad no es una moneda valiosa y yo soy fan de la incomodidad.

¿Te parece una herramienta importante para la creatividad?

Absolutamente, además la dialéctica es eso. Tesis, antítesis para llegar a una síntesis, hay que salir de la zona de confort para conocerte de una manera distinta.

Cuando eres sensible, cuando eres sensible a fenómenos más profundos, más largos, puedes contribuir a que el mundo sea mejor, incluso desde una posición hasta egoísta, pensando en tu propia felicidad primero, pero que eso no signifique el abandono de las otras felicidades. El estudio de las artes y de esa rama humanista, justo lo que permite es tener una mirada mucho más ecuménica, justa, en donde importa lo que le pasa al otro. Yo no estoy resistiéndome, yo fluyo, pero mientras fluyo, intento transformar. En tanto haya movimiento, hay posibilidades.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios


Suscríbete a Nuestro Newsletter

  • Instagram
  • Facebook
bottom of page