Parnnat, una vida en la improvisación
David Cortés
En las oscuras entretelas del rock de este país, hay algunas presencias fantasmales: están allí, pero pasan desapercibidas a pesar de dar muestras de su existencia. Muchas veces, la razón de ello es la poca atención de los medios a lo acontecido en los márgenes de lo subterráneo. Ése es el sino de Ramón Santillana, mejor conocido como Parnnat, músico que, luego de esta semblanza, esperamos logre un poco más de reconocimiento a su obra.
Él nació en CDMX, vivió un tiempo en Toluca y ahora reside en Querétaro. Su primer instrumento fue la guitarra y pronto aprendió algunos de sus acordes y se percató de que, al acomodarlos como deseara, podía hacer sus propias composiciones. Esa facilidad en el instrumento hizo que sus padres lo llevaran a estudiar con un guitarrista clásico, pero la vida comenzaría a cambiarle con un par de acontecimientos.

El primero se dio cuando uno de sus vecinos, que se había ido a estudiar un año a Estados Unidos, tocó el timbre de su casa. Llevaba una guitarra eléctrica, un amplificador, un “montón de revistas Guitar World” y una lista de canciones de Matellica, Ozzy Osbourne y Van Halen que le dijo que quería le enseñara a tocar en la guitarra. “Recuerdo que algo aprendió, pero fui yo quien más se benefició de ese intercambio, porque luego de eso, para un cumpleaños, pedí de regalo una guitarra eléctrica y un amplificador, y con eso me entretuve los siguientes años”.
Ramón era un preadolescente cuando en una visita al castillo de Chapultepec vio a una banda de jazz en directo: “Nunca había escuchado esa música y no estaba listo. Mi padre me empezó a explicar lo que estaba pasando. Descubrí la improvisación en ese momento y ahora esta es prácticamente mi vida entera, pero en ese momento, mi cabeza no daba crédito, supe que se podía dialogar con la música como lenguaje y sentía que esos músicos no eran otra cosa más que semi dioses”.
Al llegar a los 20 años, Santillana ingresó a un taller de jazz del Conservatorio de Música del Estado de México, y comenzó a “aprender un lenguaje para contar sus propias historias”. Después viajó a Francia y allí, a la par de seguir con sus estudios en la guitarra, se empapó de “otras vertientes del jazz que se mezclaban con la música del este de Europa, romaní, flamenco belga, etcétera”.
Luego se alejó de la música temporalmente, pero un día, en Madrid, alguien lo invitó a participar en una exposición en un museo. Pretextó no ser pintor, pero a sabiendas de que era músico, solo le dijeron que algo se le ocurriría. Grabó noticieros, programas de televisión, improvisó con su guitarra y la resultante, una pieza titulada “16 de diciembre”, se convirtió en su “primera aportación al mundo del arte sonoro”.
Tras una crisis existencial, un amigo lo rescató invitándolo a tocar el bajo en una banda (Caminobeat) y al crecer las ideas y necesitar de más elementos para realizarlas, se convirtieron en Rubik1138, grupo con el cual lanzó un par de álbumes de estudio, uno epónimo (2011), al cual siguió Kafkatik (2014), más uno en directo: Kafkatik exposed (2014).
Rubik 1138 emprendió una gira por Europa y al llegar a Reggio Emilia, Italia, les dijeron que no les interesaba escuchar sus canciones, que deseaban improvisar: “Resulta que se juntaban entre 15 a 20 músicos, todos los domingos, a improvisar. Hicimos eso como por cinco o seis horas”.

Tiempo después, Santillana enfrentó algunos problemas financieros, pero como no quería armar una banda de covers, le propuso a sus amigos cercanos improvisar: “Improvisé una solución. Improvisé una banda. Improvisé todos los jueves durante un par de años. La improvisación me salvó y creo que, desde entonces, casi todo lo que hago responde a un impulso de la vibra del presente en el que existo. Aprendí a que una nota ‘mal tocada’ en una sesión de improvisación tiene el potencial de transformar la realidad en una historia completamente diferente, salvaje, triste, desoladora o alegre.”
Es entonces cuando Santillana tuvo un sueño. Salía de un edificio y unos periodistas que lo esperaban afuera se dirigían al él como Sr. Parnnat, un nombre que dice, “no significa nada”, pero que desde entonces se ha convertido en quien firma sus trabajos sonoros como solista.
“Al no tener con quien tocar -cuenta-, exploré maneras en cómo podría seguir haciendo música, improvisación, y entonces abracé lo electrónico, lo electroacústico, el poner a dialogar objetos con máquinas de ritmos y sintetizadores. Me volví un artista habitual que se presentaba en bares y foros con mis instrumentos y objetos a improvisar y de ahí salieron grabaciones que se convirtieron en álbumes”.
En 2024, Parnnat fue invitado a participar en un campamento de improvisación organizado por la Universidad de Guelph (Canadá), que cuenta con un Instituto de Estudios Críticos Sobre la Improvisación y que en ese momento dirigía Ajay Heble, “un verdadero gigante del jazz y la improvisación”. El guitarrista participó en un campamento de dos semanas bajo la tutela de Heble y Francois Houle en sesiones de ocho horas diarias de “aprender técnicas de improvisación, de profundizar en los lenguajes y metalenguajes de la música, de nuestros cuerpos”.
Dos años antes, ya había dado a conocer su primer trabajo en solitario: Prosthetic soul (independiente), obra que, dice, es su “primer paso decidido hacia la exploración-experimentación-improvisación a partir del sonido, más que de la composición musical. Salió de una improvisación en vivo y utilicé una especie de fórmula que aprendí tratando de entender a John Cage, en donde la idea del compositor desaparece y se antepone el concepto de ‘Intención’. La instrumentación es un híbrido entre elementos acústicos como la kalimba, elementos electroacústicos como radios o generadores de campos electromagnéticos, sintetizadores, cajas de ritmos, eurorack, y procesos en Ableton Live”.

Al encontrar la forma de finalmente dar salida a su trabajo, Parnnat lanzó en 2024 Argelia, álbum parido por la angustia, pues nació en los tres primeros meses de su tratamiento contra el cáncer y que pergeñó otra vez con Ableton Live y grabaciones de campo en la Sierra Gorda de Querétaro y más relacionado con la música clásica y en donde los temas, aunque no lo parecen, nacieron en sesiones de improvisación.
“Por las mañanas elegía un sonido y me ponía a improvisar, y cuando encontraba alguna frase musical que me gustaba, me decantaba por ella y comenzaba a desarrollarla. Me impuse no usar más de cuatro sonidos / instrumentos por track, y jugar con cuantos efectos se me ocurriera. También me impuse que solo le dedicaría un día a la ‘composición / improvisación’ de cada track. Claro que, posteriormente, a cada track le dediqué buen tiempo de edición, mezcla y masterización. En Argelia no busqué la exploración sonora, sino encontrar un punto de fuga ante todo lo que estaba viviendo en ese momento y, particularmente, no tener la certeza de si llegaría a vivir un cumpleaños más. La palabra clave del proyecto fue ‘impermanencia’, término que aprendí leyendo El libro tibetano de la vida y de la muerte”.
En La fin d’etre (Semankak [eterno en náhuatl], 2024), su tercera producción, el compositor deja los terrenos digitales y lanza su obra en casete. Es un álbum que estaba listo antes de Argelia, pero por cuestiones de salud fue postergado.
En 2025, el solitario Parnnat crea, junto con otros músicos, el Colectivo Disco Difuso formado por una base de cinco músicos y de tendencia hacia la experimentación, el ambient y algunos atisbos ligeros al noise -plasmado en el disco Exploración sonora en tiempos de colapso (Disco Difuso, 2025)-, una placa bien lograda y del que nos cuenta su gestación: “Platicando con un amigo compositor, Silvio Buchmeier, decidimos organizar una sesión de improvisación. Invitamos a músicos de orquesta, y también a una amiga, Andrea Ferreiro, para que tocara el theremin. La sesión fue un desastre, los músicos de orquesta no podían improvisar, se frustraron, se pusieron de malas, etc. Silvio regresó a su país al día siguiente y, platicando con Andrea Ferreiro, nos reconocimos insatisfechos con la sesión que acabábamos de tener, y decidimos volver a hacerla, convocando a otras personas, pero planteando de antemano un guión, o una ‘instrucción’. Una semana más tarde, se dió la sesión que inauguró el colectivo. La temática fue el genocidio en Gaza (la improvisación comienza con el discurso de Francesca Albanese, relatora de Naciones Unidas, quien usó la palabra ‘genocidio’ por vez primera después del 7 de octubre de 2023). Con este álbum fuimos reconocidos por la revista Cyclical Magazine, especializada en música drone, ambient, noise, etc., como una de las mejores producciones del año. Tenemos muchas grabaciones, pero no hemos editado más álbumes”.

Parnnat es un músico solitario a quién, él mismo lo reconoce, le cuesta trabajo integrarse a una escena; pero eso no le ha impedido crear y en 2026, apenas con un mes de diferencia, lanzó un par de trabajos en la vena electrónica. El primero, Moors, consta de tres tracks en la vena de la tradición de la vieja escuela de la música electrónica en donde se dedicó a explorar drones y sus texturas (“Old new era”) y lo que él definió como “paisajes sonoros ambientales progresivos”, música que por momentos toma prestado de los sonidos instaurados por Tangerine Dream y otros grupos teutones similares (“Exploration in the rain”) o se embarca en pasajes más experimentales (“Weird vibes in strange places”), pero todo creado con sintetizadores y nacido en sesiones de improvisación.
El segundo, Escombros cósmicos, comenzó a gestarse poco a poco en 2024 y recién acaba de aparecer. Como Moors, también parece inspirado en la escena teutona pero de los años ochenta, la de los glitches, sampleos y ritmos fracturados. Posee un tono ambiental (“¿Qué más da si estamos solos?”) y de meticulosa construcción a partir de diferentes fragmentos bien cohesionados a lo largo del todo; hay cortes en donde el tiempo se ha distendido y se regodea en pasajes más rítmicos (“Escombros cósmicos”, “Fermi Paradox”). Parnnat juega con la repetición y le saca provecho (“La última noche”). En “La vida que nos queda”, una trompeta anuncia la despedida final en un corte de connotaciones tristes y en “Diálogos inconexos”, residuos de guitarra aparecen y combinados con un “ruido” que se escucha frecuentemente retratan una situación ausente de comunicación.

Parnnat no es un nombre que diga mucho a los audaces que se internan en los vericuetos de la experimentación o la electrónica, pero él reconoce que si bien no le ha ido mal con la audiencia, le hace “falta trabajar mucho la promoción”. Tal vez sea la hora de darse una oportunidad para escuchar la música de un guitarrista que cada vez recurre más a otros instrumentos para transmitir sus ideas, algunas de las cuales vale la pena explorar.




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