Cinco maneras de hacer rock progresivo
- David Cortés

- hace 2 días
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David Cortés
Entre el alúd de producciones que inundan el mercado musical, de todos tipos, las menos favorecidas todavía son aquellas que no se ciñen a los parámetros imperantes en el mainstream y ejercen su derecho a practicar otra(s) músicas.
No siempre es posible enterarse de álbumes cuando aparecen en el momento y, además, cierta experiencia dicta que no es la novedad la que otorga a una placa su valor. Así que en este texto se incluyen dos discos no ditados este año, pero necesarios de ser escuchados.
Asceta, Asceta (Azafrán, 2022)
Asceta, Erebus, la suite de las sombras (Azafrán, 2023)
Asceta lanzó en 2022 su debut, un álbum epónimo. La agrupación oriunda de Chile estaba integrada para esta producción por Rodrigo Maccioni (guitarra acústica y eléctrica, flauta, sintetizador), Alfonso Vergara (clarinete), Efra Vidal (fagot), Eduardo Rubio (bajo eléctrico y contrabajo), Cristián Peralta (cello), Leonardo Saavedra (batería y percusión), Arianne Guerra (violín) y Óscar Pizarro (piano y piano eléctrico).
Aquí, el grupo despliega un rock de cámara en la vertiente de Rock in Opposition (RIO) donde abunda la exploración de las frecuencias oscuras, graves y los colores son también nebulosos (“Fobia”), aunque el todo no necesariamente es ominoso, ni opresivo.
Si bien los atisbos al rock son mínimos, cuando estos aparecen revisten a las composiciones de vigor e intensidad (“Virusmosis”), pero los efluvios van más, como ya se dijo, por el lado de la música de cámara e incluso hay momentos en los cuales, sin ser su intención primaria, encontramos visos de experimentación (el comienzo de “Gigante Microscópico”), nuevamente fusionados con la energía del rock y toques de RIO.
Asceta es el debut de una agrupación sólida a pártir de la, valga la redundancia, solidez de las composiciones. Estas, previamente estructuradas, se “permiten” ser insufladas con un poco más de vida mediante algo de improvisación de parte de los integrantes octeto chileno, como es el caso en “Movimiento estático” o “Sistemas alterados”, en donde incluso hay un acercamiento ligero al jazz, sin abandonar los márgenes del rock de cámara que dan origen y razón de ser a este grupo.

Si bien el debut de Asceta es todo un descubrimiento, un año después editaron
Erebus, la suite de las sombras. Aquí, el grupo liderado por Rodrigo Maccioni (guitarra, flauta, sintetizador) y complementado en esta producción de 2023 por Cristián Peralta (cello), Alfonso Vergara (clarinete y clarinete bajo), Arianne Guerra (violín), Alejandro Vera (fagot), Eduardo Rubio (bajo eléctrico y contrabajo) y Leonardo Saavedra (batería y percusión), más los invitados Óscar Pizarro (piano) y Pascal Montenegro (oboe y corno inglés), nuevamente se internan en un rock de cámara de tintes sombríos, lúgubres. Los tonos oscuros se encuentran diseminados por todo el disco y en algunos cortes (“Pseudo-fonía del tormento”) el dinamismo es mayor, pero no hay luz, el tono del álbum en su mayoría es crepuscular. La excepción: “La Danza de los Condenados”.
Erebus… está integrado por composiciones complejas, pero no ausentes de vida, más cercanas al rock de cámara y a la música de concierto. Si necesitan de un referente piensen en Univers Zero, pero si los de Bélgica eran oscuros y más cercanos a la depresión, Asceta solo pinta en tonos grises y claroscuros una serie de imágenes que danzan continuamente (“Por Sobre mi Cadáver”). En ocasiones la complejidad es abandonada para favorecer una sencilla, pero muy profunda belleza (“Concilio de brujas”). Hay retratos de dolor (“El Hereje y el Devoto”), pero en los que paradójicamente también se asoma la vida para recordarnos que el infortunio tiene varias caras; música en donde la composición parece asomarse a la improvisación (“Profanos y Arcanos”), aunque eso es una ilusión porque en Erebus… todo está controlado, lo que no significa que la creación haya sido aniquilada. Al contrario, sí algo exuda Erebus… es creatividad.
Un cuento de Rodrigo Maccioni acompaña el álbum, aunque no se precisa si éste dio pie a la música o viceversa. El mismo Maccioni forma parte de Ábrete Gandul, banda que en 2025 lanzó Suciedad contemporánea, aunque desconozco si eso implica la muerte de Asceta o solo se le puso a descansar momentáneamente.

Iconoclasta, Orden en el caos (Azafrán, 2025)
En el álbum número 18 de una rica trayectoria, Iconoclasta es ahora el proyecto de un solo hombre, Ricardo Moreno y aquí abre con “Dominio etéreo”, corte donde un piano de inclinación clásica marcará la tendencia, rock progresivo con resabios de sinfonismo (toques que también habremos de encontrar en “Preludio en la menor”), mientras en “Tiranicidio” esta veta sinfónica se combina con una pátina de jazz.
Hay composiciones en las cuales aflora un folk de tonos mexicanos (“Recuerdos de la ceiba”, “El poder de la convicción”, “La purificación de las almas por las indulgencias” -ambas mezcladas con un poco de jazz- y en donde el sonido de la guitarra de Moreno, tan suyo e inconfundible, nos confirma que estamos en los terrenos del universo Iconoclasta).

“Francotirador” es el único tema cantado y al menos para quien esto escribe, hace extrañar la voz de Greta Romero, mientras “Benditos paganos” lleva a rememorar “Revolución en 6/8”, tal vez más lenta, pero con ese ímpetu de avanzar e incitar al movimiento. “Barbarie y sacrificio” es una hermosa composición en donde un par de guitarras dialogan mientras el bajo acompaña, atestigua, sin nunca participar del todo en la conversación. En “Don Juan Matus”, piano y bajo (hermoso trabajo), trazan la línea encima de una cama de teclados y forman un sedoso y ambiental pasaje, hasta la llegada de la guitarra eléctrica en la última parte del corte para reforzar esa aura de belleza instaurada previamente y que pone el colofón adecuado a uno de los discos más bellos que haya hecho Ricardo Moreno en por lo menos una década. La portada, a juego con el contenido, es de Carlos Tello Nielsen y ha sido vital en la conformación visual de la ahora “agrupación” de un solo hombre.
Shmulikraut, Guts voyage (Azafrán, 2025)
Al abrir la presente década cinco estudiantes (Gal Costa, piano, sintetizador, voz; Mor Stanislav Porat, bajo, guitarra, trompeta, percusión, voz; Lilla Ashuach, flauta, voz; Gilad Sirota, batería; y Rotem Yakobson Aharoni, clarinete, cello, voz) de la escuela de jazz Mitzpe Ramon, ubicada en la parte alta del desierto israelí, formaron Shmulikraut, nombre que proviene del cantante Shmulik Kraus que, combinado con la palabra krautrock, dio origen a la denominación del quinteto.

No busquen nada de krautrock, en vez de ello, estos cinco, más sus tres invitados (Shaul Luria, voz; Madrich Levi, glockenspiel, celesta; y Taftir band, botellas) se adentran en una fusión entre el jazz-rock, RIO, un poco de folclor (el comienzo de “Letaot” guarda cierta remiscencia de “La cumparsita”, aunque después deriva en algo más cercano a un Aksak Maboul temprano, para luego gestar su propia identidad) y un poco de minimalismo.
El álbum tiene una cuidadosa grabación de parte del ingeniero Udi Koomran (Present, Gong, The Orvalians), pero si bien este hecho es destacable porque incide en el sonido de la placa, es más importante señalar la composición, los cambios de ritmo y el dinamismo de termas como el citado “Letaot” en donde pueden convivir el RIO, un poco de metal duro, algo de jazz y hasta destellos clásicos.
“Tinoki” va más por el lado del Rock en Oposición, algunos apuntes pastorales mediante la flauta de Ashuach sobre una base rítmica repetitiva, para luego desplazarse paulatinamente más hacia los territorios del jazz y cerca del minuto cinco encalla en un pasaje muy tranquilo, apenas un respiro para recobrar el vigor con unas voces que recuerdan el sonido zeuhl.
Eso nos permite llegar a “Hitgalute”, una balada suave, de tono pastoral y detalles de misterio, que sirve de antesala a “Carsis I, II, III” que describe un viaje metafórico por las entrañas de un tragasables y que, en efecto, es un trayecto sonoro complejo, intrincado, por instantes energético, marcados por continuos cambios de tiempo, velocidades y colores. Si el principio está signado por cierta luz, al final de ese primer movimiento es como si paulatinamente nos adentraramos en un universo de oscuridad para luego brincar por otros espacios (el segundo “movimiento” se antoja de búsqueda de una salida de ese posible laberinto) que Shmulikraut traza muy bien en los casi 20 minutos que dura el corte.
Si bien de principio a fin Guts voyage es un disco disfrutabler, el cierre del mismo, para quien esto escribe, fue de lo más revelador y disfrutable.
Chercán, Chercán (Luna Negra, 2025)
Martín Peña Alacid (voz), Pablo Barría González (bajo), Roberto Faúndez Morales (guitarra), Matías Bahamondes Martínez (saxofón) y Rodrigo González Mera (batería, percusiones), integran este grupo proveniente de Chile que debuta con esta placa cargada de un rock progresivo en donde las influencias son más contemporáneas (Tool, Mars Volta).
De los grupos aquí reseñados son los únicos con canciones, pero obviamente atípicas. La tónica del disco se marca desde “La culpa”, el corte abridor. Es vigoroso, en esa vertiente del progresivo que, sin pudor alguno, coquetea con la energía del metal y lo orilla a ser unicado dentro del prog metal; sin embargo, el sonido del saxofón también es un recordatorio de que por estos cortes encontraremos tinturas de jazz, cambios de tiempo, caídas a momentos de reposo, pasajes más lentos y contrastantes que preparan para el diliuvio de energía posterior.

Un tema como “Caen las hojas blancas” bien podría entrar en el ámbito de la fusión jazz-rock (como también dentro de ese género podemos pensar a “Kalimba”); para algunos, ese despliegue de fuerza a lo largo del corte, hermanaría a Chercán con el metal. Escuchen “Las mentiras del muro”, de vigoroso inicio, combinado con el sax, esa mezcla de furia con cierta tersura-suavidad es un territorio en el que este quinteto se mueve con mucha soltura, una muy buena combinación entre la fuerza metálica con una nebulosa suavidad.
Cierta tristeza y melancolía aparecen en ese breve corte que es “Desolación” que se liga con “Tiempos Paralelos”, composición que, al menos en su inicio mantiene el tono instaurado previamente, para después subir la intensidad de manera imperceptible, cuando uno siente, ya está en medio de la vorágine. Toques exóticos, de Oriente Medio, aparecen en “Relatos de una obsesión. parte I: Quimera” y en su continuación, aún más dinámica: “Relato de una obsesión. parte II: El Orate”, un hermoso cuadro que, junto a “Tiempos paralelos”, son de lo más destacado de este debut.
El cierre, de lo más reposado del disco, se hace con “Colores”, y redondea este debut de una banda que bien podríamos calificar como promisoria, si no fuera porque lo aquí plasmado ya es una contundente realidad.



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