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Henry West has gone. Kóryma en Casa del Lago, 22 de enero, 2026


 

David Cortés


Fotos: Rafael Arriaga Zazueta

 

I

La tarde es un poco fría y en algunos rostros hay un dejo de tristeza, cierta pesadumbre. No todos los saben -aunque Ana Ruiz se encargará de comentarlo más adelante, pero hoy, a las 6:20 hrs., falleció Henry West. Hace 50-52 años, muy cerca de aquí, en el Teatro el Galeón, el saxofonista se encargó de dirigir una “revolución” acompañado de Ana Ruiz al piano y Robert Mann -ahora Evry Mann- en batería y percusiones. Los tres, junto con el trompetista Don Cherry como invitado, dirigieron un taller de música orgánica.

Muchos asistieron a él y les cambió la vida.

Uno, dos días después de su deceso, otro saxofonista de nombre Remi Álvarez, escribió en su muro de Facebook: “Henry West, en mi vida, significa un antes y un después”. Alejandro Folgarolas, también saxofonista, escribió de ese antes y su consiguiente después: ”Él, junto a Ana Ruiz y Evry Mann inventaron una nueva forma de hacer música en México”. Es una declaración categórica, tajante, fuerte, pero cierta. Sí hay momentos claros que se hayan significado por ser un parteaguas en la música de este país, la aparición de estos tres, el surgimiento de Atrás del Cosmos, es uno de ellos.


Kóryma.
Kóryma.

 

II

 

George Bataille asociaba la muerte al erotismo y proponía una alegría ante ella que celebra la pérdida y la destrucción del ser útil para fundirse con la totalidad del mundo.

Entonces la tristeza hay que volverla celebración y para eso Kóryma se pinta sola.

Adriana Camacho, al contrabajo, se coloca a la izquierda; Sofía Escamilla -quien debuta oficialmente con la orquesta- y su cello se ubican en el centro. Carlos Alegre la flanquea con su violín y muy cerca de él, ya al frente y completando el semicírculo, la vocalista Daniela Olmedo.

Ana Ruiz de pie y frente al piano está a la extrema izquierda.

Son las cuerdas las encargadas de comenzar el concierto con una atmósfera como introducción a la que poco a poco se unen los percusionistas Macarena Guerrero, Carlos Icaza y el baterista Rodo Ocampo, quienes salen de entre el público para subir al escenario.

Los últimos en agregarse son los vientos: David Contreras, sax alto; Carlos Greko, sax soprano y flauta transversa; Roberto Tercero, sax tenor, más Ole Reimer, como invitado, en la trompeta. Completa la sección Misha Marks al bombardino. Los cinco robustecen el sonido, le dan cuerpo y contundencia: Con su entrada y la voz de Daniela Olmeda como guía, Kóryma comienza a hacernos levitar.

A quien esto escribe, cuando la orquesta en pleno acomete una melodía, simplemente lo arropa una sensación majestuosa, una que evoca grandeza y monumentalidad de una solidez impenetrable. Es un sonido gigante, enorme, inabarcable.


Daniela Olmedo.
Daniela Olmedo.

 


Adriana Camacho.
Adriana Camacho.

III

 

¿Pero esto es jazz? me pregunta alguien al final del concierto. Igual fue una afirmación: “Pero esto no es jazz”. Me pasmo unos segundos y me atrevo a farfullar una respuesta: sí, pero también hay un no que dista mucho de ser rotundo. Lo que atestiguamos esta tarde-noche en el Foro Alicia Urrueta de Casa del Lago, fue una gran celebración.

Dos cosas, creo, validan la apreciación, sin importar el orden. El gozo de los músicos: siempre es emocionante verlos desparramar emoción sobre el escenario, divertirse con lo que hacen y que  dicha emoción se proyecte a la audiencia. Dos: el silencio casi reverencial que se dio en cuanto la orquesta en pleno comenzó a sonar; ni siquiera en los solos éste se rompió. No fue el silencio de la incomprensión, sino el de quien no se atreve a romper el encanto, a terminar con el sueño.

 

IV

 

El sonido es nítido, nada, por pequeño que sea, escapa a la atención de los micrófonos. Carlos Greko infla las mejillas, abre la boca y con un dedo produce un plop; la mayoría, toca percusiones en diferentes momentos y nada se roba el silencio.


Carlos Greko.
Carlos Greko.

Cuando Daniela Olmedo comienza a cantar “Ritual Kóryma” o “Zandunga”, su voz simplemente fija a los presentes en sus asientos. Hay en ese grito inicial en la última composición, un eco centenario, la reverberación de miles de voces que han cantando esa canción, pero que ahora ella amplifica porque lo hace desde sus entrañas.

Cada uno de los presentes atesorará su momento preferido o todo el set. “Mambo free” es el hit de Kóryma, con el tiempo ha ganado consistencia, nadie escapa a su influjo y hoy, con Ole Reimer en la trompeta, se escucha fortalecida. En “Ngé / Desireless” Daniela Olmedo zapatea y se enzarza en energético “duelo” con un Carlos Icaza que, frente a ella agita sus percusiones y se mueve cual si estuviera en la Danza del Venado.


Daniela Olmedo, Carlos Icaza.
Daniela Olmedo, Carlos Icaza.

¿Jazz?, ¿world music? Kóryma a veces suena a Oaxaca, se acerca a las bandas de viento y en medio de esos efluvios es inevitable no invocar la imagen de una Tehuana de vestido esplendoroso y acompasados movimientos; también suena a África por momentos (“Turkish”), es salvaje, llama a la tribu. Nos congrega.


Ana Ruiz.
Ana Ruiz.

 

V

 

“Henry West, que trajo el free jazz a México, voló atrás del Cosmos, gracias por todo lo vivido. Está en el paraíso y allá no hay Internet. Le debemos, le tocaremos está canción”, dice Ana Ruiz cuando la noche, lo sabemos, se acerca a su final.


Alain Derbez.
Alain Derbez.

Pregunta por Alain Derbez y este se levanta de su asiento, con el sax soprano en mano, pero antes comienza a leer un poema dedicado a quien hoy ha fallecido: “Henry West toma el saxofón. / Con las dos manos desprende suave y bruscamente -pues sabe como hacerlo- la boquilla y la caña. / Ha llegado la hora de saborear la caña, de engullirla, / mimarla con la lengua:  / igual que con la risa / hay algo más aquí que un acto de aire y de saliva. / (Este vaivén de embocadura y pájaros borrachos / bien pudo acometerse a medianoche frente al mar de Careyes). / Oiga -preguntó el investigador californiano a los meses de oceánica estadía-/ ¿qué ¿haber mucho delfín en estas playas? / Nomás les chiflo y brincan -contestó el natural / con la extrema certeza del pescador que sonriente, / a lo bajito y muy en corto, / te anda pendejeando por pendejo; / esto es: en un acto de elemental justicia. / Eso fue ya hace años / y es en este momento en que West / hace sonar la boquilla del saxofón soprano / todo lo que no ha sonado en su mísera existencia de bambú y artificios. / Conservo de aquel mar sólo un caset que se salvó del hurto. / Ahí está Terry Riley con gesto de profeta / tocando la tamboura, afinándola para la tarde, para el sol moribundo. / Eran los días en que queríamos hablar con los cetáceos”.

(¿Qué será de ese caset, habrá algo audible?, ¿vamos a tener que esperar cuatro décadas, como muchos tuvieron que hacerlo con Cold dreams, hot drinks, para saber qué contiene?)

“Sonriente, Henry West / me has dado el saxofón” dice Derbez y comienzan “Las golondrinas”. Un ligero temblor me sacude. Hace años Atrás de Cosmos solía cerrar sus conciertos con ese tema y hoy Alain Derbez toca como quien heredó una pasión y con la emoción de quien se está resquebrajando por dentro.

Es el final, Henry West has gone.


Ana Ruiz y Alain Derbez.
Ana Ruiz y Alain Derbez.

David Contreras.
David Contreras.

 

Carlos Alegre.
Carlos Alegre.

 


 

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