Improvisación libre. Apuntes de su génesis y desarrollo en la Ciudad de México (parte III)
- David Cortés

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David Cortés
Este texto forma parte de una investigación en proceso y apareció originalmente en Heterodoxias sonoras de México, volumen coordinado por Ricardo Cartas y David Cortés y editado por la BUAP en 2025. Dada su extensión se dividió en tres partes , aquí la tercera y última parte.
III
Radar, Aural: la creación de públicos
Al abrir el presente milenio, el compositor Rogelio Sosa estudiaba en París y en una de sus visitas a nuestro país, conoció a José Wolffer, quien le comisionó una pieza para estrenarse en la primera edición de Radar, festival que iniciaba operaciones. En 2005, él se encargó de abrir un espacio llamado Decibel “en donde empezamos a abordar la electrónica experimental, la improvisación con medios electrónicos y el ruido. En tres ediciones presentamos a varios artistas, entre ellos recuerdo a Christian Fennesz, Otomo Yoshihide, Kaffe Matthews y Francisco López”.

Con excepción de Jazzorca, eran pocos los foros que entonces abrían sus puertas a la improvisación libre, los conciertos eran pocos y las diferentes escenas, aunque guardaran afinidades entre ellas, no sabían de los vasos comunicantes. “Eran varios mundos girando simultáneamente aunque cada uno a su ritmo y sin mezclarse. No es hasta que Wolffer funda Radar que comienza una unificación sistemática de todas estas escenas. Evidentemente hubo muchas cosas importantes que pasaron antes y durante los primeros años del festival pero me parece que se trataba de eventos que sucedían muy esporádicamente. Posteriormente y por fortuna se fueron estableciendo otras iniciativas que aunque eran más pequeñas alimentaban de manera importante la vida musical experimental de la ciudad durante todo el año”.
Radar primero, y luego Aural, fueron dos festivales fundamentales en la formación de públicos y un impulso importante para los músicos nacionales porque fue entonces cuando la posibilidad de entablar diálogos, asistir a talleres y conferencias magistrales con músicos más experimentados fue una realidad, como lo hace constar el testimonio del guitarrista Fernando Vigueras: “… había una retroalimentación muy fuerte de toda la exposición de conciertos que sucedían en el marco del festival Radar y creo que esas experiencias marcaron un punto de inflexión en términos de intereses, investigación, búsqueda y diálogos frontales con improvisadores como Joëlle Léandre, Fred Frith, Otomo Yoshihide, Marc Ribot. Por otro lado, desde el ámbito académico, el contacto con músicos fuera de serie como Stefano Scodannibio, Magnus Andersson, Fátima Miranda, Llorenç Barber y toda la gente que pasó por la Cátedra Conlon Nancarrow que dirigía Julio Estrada, fueron momentos con un impacto esencial para mi generación”.
Además de ser un escaparate importante para el talento internacional de las músicas creativas, un surtidor de ideas para los músicos locales y una entidad vital en la formación de públicos, Radar y Aural muestran formas de hacer y dan cabida a las producciones nacionales. Esto permite a la escena local, especialmente de la CDMX, si no buscar una internacionalización, sí crecer y adquirir rasgos más sólidos.
Si bien Jazzorca es un sitio emblemático de la improvisación libre en el país, lugar ganado a pulso luego de más de 30 años, lo que lo convierte en el foro más longevo de su tipo en la CDMX, es insuficiente para albergar a todos los músicos que forman parte de una escena “imparable, resistente, una tribu de nómadas, siempre a la búsqueda de un lugar para presentarse y expresarse”, así descrita por la contrabajista Adriana Camacho en el documental A glimpse of Mexico City’s improvisation scene, que ella misma realizó y presentó en el Suoni por il Popolo Fest de Canadá en 2024.
La escena de la improvisación libre en los últimos diez, quince años, siempre guiada por la autogestión, ha generado sus propios espacios en los lugares menos imaginables e improbables, sitios que en ocasiones se encuentran enclavados en zonas poco turísticas, pero rodeados de un encanto peculiar.
Es el caso de Terraza Mounstruo, un espacio sui generis organizado por Geoxali Monterrosa y Feike De Jong -periodista holandés que arribó a la CDMX en 1999 y quien también toca el sax- quienes en 2016 supieron de un depósito de cerveza en la calle de Revillagigedo en donde, cinco pisos arriba, había un penthouse que usaban como basurero colectivo de todo el edificio.
“Geoxali -señala De Jong- decidió rentar la parte de arriba por ser barata y convertirla en un lugar de conciertos. Toqué allí el primer concierto y quise apartar el espacio los domingos para hacer música de improvisación porque toda la gente que hacía este tipo de música tenía muchos problemas para encontrar dónde tocar. Así empezó el ciclo de la Terraza Mounstruo que duró como 120 conciertos con una regla curiosa: si habías tocado allí, podías entrar gratis de por vida. Esto empezó a generar una dinámica: muchos músicos iban a ver a otros músicos y esto fomentó el sentido de la comunidad, además de ser un espacio épico, en un edificio tétrico, con mucho graffiti, perros en los pasillos, niños jugando”.
Terraza Mounstruo cerró en 2019 porque les dejaron de rentar el espacio, pero De Jong persistió en la promoción de conciertos y para dar cierta continuidad usó la misma marca y estilo en el diseño de los flyers y así nació Azarret que se convirtió en un espacio nómada. Comenzó en el Café Trevi, pero llegó la pandemia de 2020 y hubo que cerrarlo. Al terminar ésta, se realizaron 16 conciertos en un conjunto de galerías cerca del Metro Sevilla.
“La Terraza Mounstruo -afirma De Jong- generó mucha comunidad y también una cultura y cuando tienes una cultura compartida se vuelve muy fácil organizar shows. Allí comenzamos con el concepto de curador invitado para que no siempre sean músicos; buscamos gente entusiasmada que encuentras en todos los conciertos y esto ayuda a contrarrestar la endogamia que es un peligro para estos movimientos musicales. Hoy día el movimiento de improvisación libre tiene una comunidad grande de músicos, público, prestigio. Así surgió Azarret en la Tehuanita [un restaurante oaxaqueño ubicado en la Colonia Narvarte], con la curaduría de la poeta Clau Arancio, que tiene un aspecto muy mexicano. El imaginario del futuro mexicano suele derivarse de otros lados, como una nave industrial en Berlín o un club en Tokyo, pero el futurismo mexicano está en donde se come buena comida regional y escuchando música de vanguardia que reconoce su origen en un lugar cómodo, colorido y social. En la Tehuanita vi la posibilidad de trascender un poco este concepto underground, oscuro y encontrar una nueva manera de imaginar el futuro cultural de esta ciudad”.
La improvisación libre ha visto crecer y desaparecer muchos lugares. Bucareli 69, 316, Manglar, Pizza Jazz Café, Festival Volta, Vacas Verdes, sitios que abren y cierran, sin importar si se trata de la azotea de un edificio, la sala de una casa (Radio Niágara), cantinas, una tienda de discos (Venas Rotas), o el sótano de un viejo cine habilitado como restaurante (Vacas Verdes).
Sin embargo, en el centro, cual vértice apuntando al cielo, se mantiene Jazzorca. Escuchemos a Germán Bringas: “La esencia de lo que busca Jazzorca es apoyar músicos con lenguaje propio. Yo tengo una formación académica, pero ese es un mundo jerárquico y limitado y justamente aquí no quería yo aplicar eso, por eso la bienvenida a gente que tiene lenguaje, porque la academia no sabe generar gente con lenguaje. Yo siempre he querido que Jazzorca apoye músicos con un lenguaje y de esa manera, involuntariamente estás generado un patrón; si hay repetición se va a conocer, las personas se van a juntar y se genera como una escena, tanto de quienes participan tocando como de quienes vienen a escuchar, porque eso es lo que quieren oír”.



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