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Sebastián Rojas, En la orilla (Buh Records, 2025)

David Cortés

 



Si de jugarretas del destino quieren hablar, bien podrían preguntarle a Sebastián Rojas, ex integrante de Sei Still -banda a la cual no se la ha dado su merecido lugar en la historia del rock de este país- que a las puertas del umbral y ya instalado en Berlín,  vio como se le resquebrajaban los sueños.

Rojas decidió regresar a México y una de las cosas que hizo para comenzar su proceso “curativo”, fue trabajar al lado del productor Hugo Quezada y de esa colaboración surgió VS EP, cinco cortes en donde el acento está del lado del post punk y un kraut menos obsesivo que el practicado por Rojas en su banda anterior. Se trata de una buena placa con al menos un par de temas (“Abatelenguas” y “Nepantla (en medio)”) destacados, suficientes para comenzar a restañar las heridas de Rojas,  aunque nada que anticipara el porvenir.

En la orilla, el álbum debut de Rojas ya tiene meses en circulación, si apenas le dedicamos tiempo es porque los propios discos encuentran su momento para hablarle a uno y también, porque un apresuramiento al acercarse a ellos, no garantiza que la mirada sobre estos será mejor.

A propósito del título dice Rojas:“La orilla es la playa, pero también es el borde: el punto donde una cosa se convierte en otra—la tierra en mar, la tierra en vacío” y se trata de un disco de canciones, un trabajo catártico, la manera en la que su autor se desfogó, pero si se pensaba que esto afloraría en una placa explosiva, la idea está muy lejos de lo perpetrado en los nueve temas que le dan forma y que, sorpresivamente, inician con el tema que da titulo al álbum, y digo sorpresivamente porque es completamente instrumental. Rojas ha entregado en su debut una placa minimalista en cuanto a los recursos instrumentales -no en cantidad sino en la manera de interpretarlos- y en donde habla de la inevitabilidad de los acontecimientos.

En “Slamandra” (sic) canta “Ayer soñé que se acercaba más / la tierra dividida donde esperas / un día más. / Otro día. / No lo sé, volverá a llover / cierro los ojos y vuelve a llover”; en “Demasiado pronto”, bastante desnuda instrumentalmente y único tema en donde aparece la guitarra ejecutada por el propio Rojas, se reitera esa sensación (“Quién nos viera / Aún me aguarda y siempre llega/ Pronto, demasiado pronto”), mientras en “Míranos”, con el saxofón invitado de Emiliano Tinajera (Demencia Infantil) habla de la sensación de pequeñez cuando pretendemos abarcar el mundo (“Míranos. / Hay alguien más que yo aquí / Míranos / Hay alguien más”) y de la ausencia de singularidad de uno a pesar de los esfuerzos por destacar (“No es productivo / Esperar a que acabe la era industrial / Y no, no es divertido / Ser igual que los demás) en “Máquina” que, quién sabe por qué, se dice que “es un himno con espíritu ochentero que anuncia el fin apocalíptico de la era industrial”, en su press kit promocional.

Cierto, se trata de canciones que bien podrían incluirse en el ámbito de un pop oscuro, pero también se trata de composiciones en donde hay muchos sonidos a los cuales prestarles atención.  De hecho, a quien esto escribe le llama más la música que la lírica, porque hay momentos en que sus letras son un tanto crípticas, pero como su forma de cantar está a medio camino del habla y el canto, el efecto es envolvente, hipnótico, como el de la serpiente que ha inmovilizado a su presa y está a punto de atacar. 

El lado B abre con “Marea”, una canción de amor, pero con esa música que se construye con pocas notas de un vibráfono, una voz  bastante atípica y en donde la manera de declarar su amor -la verdadera fuente de su “curación”- es bastante sui generis. “No existe un día que sea más largo / que ese que paso lejos de ti. Y no sé por qué tengo la suerte / de saberte querer. /  Y no sé por qué hasta mi muerte / es lo que quiero hacer”. Mientras canta-recita este verso, el sintetizador arroja una atmósfera gélida a partir de un dron con escaso movimiento. Al final del tema, otra vez el sintetizador, pero ahora con más color, sirve de colofón. De no saber que esta canción se la escribió a la persona que le ayudó a “reintegrarse” al mundo, cualquiera pensaría que esa frialdad está destinada a alguien que ya no está en este mundo.

Hay algo desesperanzado en “Ajeno a mí” (“Estoy aquí / es igual que ayer / otro día sin deseo”), sentimiento también desplegado en “Insistimos”, perlado por una sombría melodía : “Y de repente / no tengo nada más que decir. / O eso parece.  Son cien años que perder. / Esa es mi suerte. / Es igual”.

“Pulmón del trópico” cierra En la orilla y si bien es uno de los cortes con mayor dinamismo, a pesar de su título no tiene nada de cálido; en vez de eso, aparece ese sonido frío, un tanto distante y con una letra, como otras, críptica (“Ningún lugar / se puede ver desde aquí / Suena la alarma / y nadie más la puede oír”; pero no obstante eso, la música logra convertir esto en uno de los mejores cortes del álbum. En la orilla cuenta con la colaboración de Américo Hollander (Americojones Experience, bajo y sintetizador), Nicolás Fernández (sintetizador y coautor de “Miranos”) y Emiliano Tinajera (saxofón), en una producción de Hugo Quezada cuyos ecos, como ya se ha revelado, apuntan a ser imperecederos.


 

 

 

 

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