Silent Light, Cantos de media noche (Independiente, 2026)
- David Cortés

- hace 43 minutos
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David Cortés
Cada año cuatro músicos se reúnen, convocados por un guitarrista convertido en baterista ese único día, para una sesión en directo. Lo han hecho durante tres años y cada una de ellas ha quedado grabada. ¿Qué puede esperarse de tan atípica congregación? La primera idea, un tanto peregrina en llegar a la mente, especialmente si se desconoce de quiénes se trata, es el caos. Nada bueno puede esperarse de una cuarteta de individuas-individuos que hace años optaron por el camino de la alteridad.
Silent Light es el grupo de un día -se reúnen cada vez que sus agendas se lo permiten- formado por Ana Ruiz (piano), Adriana Camacho (contrabajo), Elliott Levin (sax) y Carlos Vivanco (batería) y esta grabación registra el encuentro más reciente: 13 de diciembre de 2025, en La Escafandra
Cuando suena “Four cats en la Roma”, luego de un minuto, minuto y medio, uno se percata de la comunión existente entre los cuatro, de como la libertad aflora de inmediato. Ese caos que se pensaba de entrada, se revela sucesión de sonidos que, conforme se entrelazan, generan pasajes que va de una energía primitiva, de comunicación feroz, a otros en donde un piano “tenue” dialoga con el sax y si bien no se trata de un momento de reposo, por lo menos sí genera un espacio necesario para ligarse a “In the bigining” (sic) que inicia con un diálogo contrabajo-piano y acotaciones de la batería, una batería que a veces, dada su peculiaridad, parece ser un eco del piano, cuyo ataque con clusters y el ingreso de la flauta de Levin, aumentan la intensidad y el predominio del contrabajo que en la grabación se escucha, al menos en esta pieza, en un primer plano, como si envolviera a los demás instrumentos y nos permitiera descubrirlos detrás de un velo. Aunque parece un detalle de la mezcla, porque las voces, tanto la de Adriana como la de Levin, poseen mucha presencia.
“Seven nights” convoca otras fuerzas, las voces del principio hablan de espíritus, de seres inmateriales. En medio de esa danza que se edifica paulatinamente, figuras volátiles se entrecruzan. Vivanco usa una percusión metálica (los kupfonos) que imprime un timbre particular; el contrabajo de Adriana, tocado con el arco, es a veces gemido, a veces lamento, otras grito, mientras el piano de Ana Ruiz es un relámpago que atraviesa la atmósfera y anuncia tormenta, vorágine. Es furia que se desata en oleadas y crea una avenida por donde dos jinetes y dos amazonas del apocalipsis cabalgan rampantes y resquebrajan el silencio. Maravilloso cómo la unidad se fragmenta y se crean parejas, diálogos que son nítidos y nacidos de una interrelación de años (Camacho-Ruiz)-(Vivanco-Levin) que luego se funden y conforman un mundo nuevo, imaginario; composición instántanea, improvisación, sonidos que gracias a la tecnología abandonan la fugacidad y no se disuelven en el aire y en cambio aprovechan los intersticios de nuestro cuerpo, los poros, para hacernos vibrar.
“Llantos bajo la lluvia” es el tema más “tranquilo”, el de la meditación, el instante de contemplación relativa. “Cantos de media noche” es un tour de force, cuarenta minutos en donde Levin, con su voz, marca el punto de partida al que se une el piano de Ruiz con intermitentes intervenciones y la voz de Camacho en lejanía. Al terminar el spoken word de Levin, Ruiz toma el “liderazgo” con el contrabajo haciendo apuntes y entonces comienza un intenso trayecto donde lo destacable, nuevamente, es la interacción lograda entre los cuatro. Sax, piano y contrabajo se intercambian el mando, las pausas propician respiros, se añaden nuevas fuentes sonoras (silbatos, flauta, percusiones), Levin y Camacho juegan con el verbo, y la batería en ocasiones se convierte en silencioso testigo, aunque las más de las veces cumple con un rol muy discreto, pero suficiente para sostener la improvisación.
Tres álbumes ha forjado Silent Light y pareciera que el reto autoimpuesto es el de trascender cada trabajo anterior. Cantos de medianoche, así lo demuestra. Obligado.



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