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Sofía Escamilla, “Ganas de romperlo todo”

 David Cortés

 

Fotos: Rafael Arriaga Zazueta

 

 

Sofía Escamilla, la cellista, siempre estuvo involucrada con la música y, aunque tomó clases de piano y canto, no sentía que fuera muy dedicada. Tenía 14 años y ya se había trasladado a vivir a Caracas con sus padres, cuando se integró al Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela, donde tocó el oboe hasta los 17 años y aprendió de todo.




Sin embargo, no se sentía a gusto, como si su cuerpo no estuviera cómodo con un instrumento de aliento. “Cuando probé por primera vez el violoncello -dice-, sentí que mi cuerpo estaba realmente en su estado natural, sentí como si ya lo conociera de otra vida, así que me cambié de instrumento”. En realidad, más que elegir el cello, fue este quien eligió  a Sofía: “Sentía su llamado. Durante mis años cómo oboista, siempre veía de frente a la fila de cellos, y me llamaba mucho la atención. Cuando lo sentí por primera vez, no tuve dudas. Ese mismo día cambié de instrumento, sabía que era empezar desde el principio con un instrumento nuevo. Ya era la primer oboe de esa orquesta para ese momento, y empezar con el cello significaba perderlo todo, empezar desde abajo. No lo sé, sentía que valía la pena”.

Escamilla regresó a CDMX a los 18 años y no pudo ingresar a ninguna escuela de música, porque no había forma de revalidar sus estudios de educación media, así que siguió con su aprendizaje del cello de manera autodidacta y con un instrumento prestado. Finalmente, al cumplir 20, logró revalidar los estudios y se fue a estudiar la Licenciatura en Violonchello en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. No obstante, no todo marchó según lo deseado. A mitad de la carrera, Escamilla Galindo se lesionó  y al mismo tiempo se sentía frustrada con la ideología y la vida académica. “La emoción -cuenta- de hacer música como la había vivido y aprendido en Venezuela, aquí no se sentía, y me deprimió mucho. Me salí de la carrera y me fui a Oaxaca a dar clases durante dos años. Dos años que deje de tocar el cello. De alguna forma, ese silencio ayudó para cuando volví a CDMX a estudiar porque me dieron una beca en composición. También conocí la improvisación libre. Abordar el cello desde otro lugar, uno más vivo y con ganas de romperlo todo: ideologías, técnicas, géneros”.




La cellista comenzó a formar parte de grupos, la mayoría de ellos efímeros, pero integrarse a una agrupación estable no es sencillo, requiere “encontrarte con todos y que estén en sintonía con tus gustos y deseos”.

Al mismo tiempo, descubrió la improvisación o, mejor dicho, encontró el canal por el cual esta comenzó a aflorar. Cuenta: “Creo que todo siempre llega cuando tiene que llegar. Desde niña que tocaba el piano yo improvisaba, siempre tuve una cercanía al juego y los roces con la composición. Después de mi viaje con el cello desde la academia, y mis dos años de silencio, conocí a Adriana [Camacho] y a Greco [Pantoja]. Adriana fue la que me dijo: ‘Ven, toquemos, hay que divertirnos’. Todo fue muy natural y sencillo, solo había que confiar en que ya conocía mi instrumento, confiar en ellos y dejarse llevar por el momento. No fue fácil al principio, pero la sensación fue como dejarse llevar por la corriente y de pronto todo tenía sentido. Yo no conocía nada de la improvisación libre, ni de la escena o los personajes destacados de la CDMX. Mi primer concierto de impro fue en el Jazzorca con Eyi Xochimeh. No sabía nada de ese mítico lugar, ni quién era Germán Bringas, creo que eso fue bueno porque llegué en blanco, sin prejuicios o con la sensación de sentirme pequeña. Germán fue increíble y el lugar solo despertó mis espíritus. Después del primer set, Germán dijo que quería tocar con nosotros, y cuando nos subimos, dijo que quería empezar a dueto conmigo... Fue fuerte y poderoso, él abrió con una escala loquísima, me impresionó su sonido y tuve vértigo... Pero amo sentir ese vértigo, como estar al borde del abismo. Fue mi cello el que me movió las manos... Me dejé llevar… a lo largo de los años, he ido sintiendo que mi cello es quien me mueve, hay que dejarse poseer. Así, he ido descubriendo muchas voces, sonidos y formas de soñar con él. Es como si fuera abriendo, cada vez, una caja dentro de otra y así, infinitamente”.




Luego de estar un tiempo con Eyi Xochimeh, Sofía Escamilla formó en 2023, junto con Albania Juárez, el dueto Ceibas, pero las agendas les han impedido proseguir. Actualmente, la cellista forma parte del Ensamble Jacob Wick (junto a Gibrán Andrade, Federico Sánchez, Alonso López, Alina Maldonado, Xavier Frausto y Ramón del Buey), toca con Dali Sánchez y Ernesto del Puerto (ambos integrantes de Torso Corso) en SEGAKI, proyecto “que nació como un trío de SOFOS, pero después decidimos hacer una banda independiente”. Acerca de ese nombre de batalla, Sofos, nos dice:  “Mis hermanos me pusieron ese nombre, un poco para molestarme. Primero era Sófocles, y me decían así cuando empezaba a filosofar, luego quedó en Sofos, y la verdad es que a mí me gusta. Además de que es un palíndronomo. Así que lo uso para mis proyectos más personales, y el Sofía Escamilla es para las otras mil colaboraciones”. Además, se integró a Kóryma, la orquesta de Ana Ruiz y tiene un proyecto de cello y electrónica con Ian Medina en donde “yo genero todo desde el cello, y desde la electrónica Ian me va procesando en vivo y sampleando, generando diálogos atemporales con el mismo cello. Una especie de eterno retorno”.



En 2021, Eyi Xochimeh editó Misa saturniana en un par de volumenes (Xochimeh), una producción de la que se hicieron algunos ejemplares físicos, pintados a mano y ahora inconseguibles. En 2025 apareció su debut bajo el nombre de SOFOS, una cinta editada por Venas Rotas: Madeja del tiempo, que ella describe como “cello solo, poesía y mi voz; en el lado B se suma clarinete bajo y algo de electrónica que hice yo”. También ha grabado un par de Live sessions, una en solitario y una más como cuarteto (ella, María Goded, Emiliano Cruz y Alonso Huerta), “improvisaciones guiadas sobre una partitura gráfica, hecha por mí,  que se basa en los patrones de un mármol que fue cortado para convertirse en una escalera”.

Sofía Escamilla, como integrante de la escuela de improvisación libre de la CDMX, considera que la existencia de estos ensambles es una maravilla. Dice: “Ha sido mi formación básicamente, y la culpable de desarrollar un lenguaje propio que cada vez es más extenso. Tocar con diferentes músicos, instrumentos y bagajes musicales, ha hecho que en cada uno de esos encuentros me obligue a dialogar con algún timbre nuevo, intensidad o perspectiva del sonido que me ha hecho descubrir mucho de mí y mi cello”

¿Futuro? Para quien esto escribe el horizonte de la celllista es amplio y promisorio, como se puede escuchar en las grabaciones en las cuales ha participado o, si es curioso lector, búsquela en alguna de sus presentaciones en directo.

“Actualmente trabajo en un disco con mi dueto con Ian Medina y un EP con Giancarlo Bonfanti en donde componemos y producimos los dos. Serán cinco piezas sobre los elementos y los sueños. Es cello, voz, piano y electrónica y no hay improvisación. Es otra faceta mía, donde el género tal vez podría ser más, neoclásico, ambient o algo así, jajajaa”, concluye la cellista.


 

 

 

 


 

 


 

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